Romanticismo contra Ilustración: el discurso misógino

Por la Filosofa Amelia Valcarcel (extractos) encuentre el original aquí.

Muchas de las nociones que manejamos están solidificadas y se han vuelto comunes, pero es necesario conocer el momento y las circunstancias de su aparición. La mayor parte de aquellas de que se nutre el discurso misógino —esto es, aquel en que se descalifica al colectivo de las mujeres a base de ideas o rasgos generales menospreciativos supuestamente compartidos por todas— tiene su desarrollo en el romanticismo. Este discurso misógino fue sobre todo acuñado por la tradición filosófica.

El movimiento romántico es muy variado. Abarca pensamiento, literatura, artes plásticas, música, arquitectura y formas de vida. Fue un gran período de cultura que duró un siglo largo, comenzando a finales del XVIII y ocupando hasta las postrimerías del XIX, aunque siguió teniendo gran influencia inercial durante buena parte del siglo xx. Se suele dividir en un primer romanticismo que va de la Revolución Francesa a la Revolución del 48 y un romanticismo llamado decadentista que alcanza hasta la Primera Guerra Mundial y la aparición del Vanguardismo.

El pensamiento romántico es en gran parte pensamiento reactivo. El primer romanticismo busca sobre todo tomar distancia del importante período precedente, la Ilustración. Para ello, la aisla, la define y la juzga. El juicio que los pensadores románticos hacen de las Luces es casi siempre duro y en ocasiones radicalmente falso, pero ha de tenerse en cuenta que mediante tales juicios lo que se intenta es fabricar la distancia, no siempre muy clara. Así, se calificará al pensamiento y la cultura ilustrados de «fríos», «abstractos», «impersonales», «uniformadores», «sensistas», «optimistas», «crédulos» o «escépticos».

El primer romanticismo es paralelo a la Europa de las Restauraciones y presenta acusados rasgos conservadores. En general, atribuye a la Ilustración haber agrandado excesivamente el campo de lo político-moral, no haber comprendido en profundidad la verdadera naturaleza humana, haber desdeñado la pasión, el sentimiento, lo religioso, incluso lo oscuro y lo turbio que se espesa y yace bajo la racionalidad. Para los románticos, la razón es sólo una de las posibles expresiones de nuestra naturaleza.

El tipo de teorías más claras que encajan con esa descripción de la Ilustración son los contractualismos y la imagen del mundo que de ellos resulta. Frente a ellos, el romanticismo exaltará las raíces ancestrales, la vuelta al pasado, los rasgos diferenciales, los nacionalismos, los elementos pasionales y pre-conscientes. El primer romanticismo avivará el sentido histórico y comunitario centrándose en las ideas de «pietas» y tradición. El romanticismo decadentista exaltará la individualidad anormal, incluso la locura y la transgresión de los límites. Un rasgo presente en ambos al que se suele prestar poca atención, porque aflora menos, es el naturalismo. Las condiciones de la naciente sociedad industrial y el rechazo de la legitimación contractualista de lo político hacen que se recurra a explicaciones naturalistas de la vida social y de las diferencias de estatus y poder. «La lucha por la vida» o «el derecho del más fuerte» aparecen como explicaciones de la vida común antes de que se incorporen a la explicación total del reino animal por obra de Darwin.

Definición esencialista delgénero femenino: un proyecto político

En este contexto, la misoginia romántica es esencialmente una secularización a la vez que un pensamiento reactivo. La afirmación «todos los varones son genéricamente superiores a todas las mujeres», si bien se había vehiculado a través del discurso religioso, fue fundamentada de nuevo por el pensamiento laico e incluso ateo. Para poder hacerlo, era preciso atribuir rasgos esenciales divergentes tanto al colectivo de las mujeres como al de los varones. En sus aspectos reactivos, la misoginia era doble: se dirigía contra la posición de algunas mujeres en la sociedad de Antiguo Régimen y contra la vindicación de igualdad entre los sexos que había aparecido en la Ilustración.

Mientras se mantiene la sociedad estamental, la continuidad genérica, aunque se invoque ritualmente, no está clara. Todas las mujeres pueden estar bajo el dominio simbólico, argumentado religiosamente, de todos los varones, pero en los hechos, las mujeres de las castas superiores escapan a tal determinación. Señoras, damas o reinas comparten entre sí privilegios de los que muchos varones están excluidos. La misoginia romántica hace suyo este lema de Napoleón: «las mujeres no tienen categoría» a fin de mantener que todas las mujeres, juntas y por separado, debían carecer de jerarquía, contra la práctica común del Antiguo Régimen.

Por otra parte, el pensamiento ilustrado había desmontado la legitimación religiosa del predominio masculino y había producido una importante literatura a favor de la igualdad entre los sexos en la futura sociedad democrática. Pues bien, el nuevo pensamiento de la ciudadanía, que se expresa tanto en las codificaciones legales post-revolucionarias como en la filosofía, se edificará a costa de los derechos omitidos del colectivo de las mujeres. Entre los cambios que los nuevos tiempos exigen, el pensamiento dominante no contempla solucionar la injusticia derivada del sexo. Y para librarse de hacerlo, el romanticismo dirá que es «natural» esa desigualdad que la Ilustración había afirmado que era ética y política. Más aún, afirmará que es esencial y constitutiva. Los románticos, a la vez que construyen en la ficción a la mujer ideal, dejan a las mujeres reales sin derechos, sin estatus, sin canales para ejercer su autonomía, y todo ello en nombre de un pensamiento democrático patriarcal que construye la igualdad relativa entre los varones a costa del rebajamiento de las mujeres.

Al tipo de pensamiento abstracto y general que legitima estas prácticas es a lo que se llama misoginia romántica. Funcionalmente, el pensamiento misógino es excesivo. Es una respuesta demasiado contundente contra lo que la modernidad estaba significando al socavar con sus ideas los modos tradicionales de vida. Esa desfundamentación afectaba aún sólo a pequeños núcleos sociales e intelectuales. Sin embargo, el discurso misógino se armó contra ella viéndola llena de posibilidades de futuro. De esta forma, a ese discurso le interesó desde el primer momento excluir a las mujeres de la ciudadanía, argumentando esa exclusión mediante la creación fantasmática de una esencialidad femenina precívica. La hembra de la especie dejó de ser reconocida por sus características meramente morfológicas y visibles y comenzó a ser definida como una esencia intemporal dentro de la secuencia de la Naturaleza, de tal modo que se pudiera llegar a suponer que «lo femenino» dentro de cualquier especie animal guardaba entre sí mayor homogeneidad que la que existía entre varones y mujeres en la propia especie humana.

La negación de ciudadanía, la creación del objeto femenino, la afirmación rotunda de continuidad genérica tenían como soporte básico la negación filosófica, para todas las mujeres, del principio de individuación. Dicho de otra forma, todas las mujeres son «la mujer» y lo que se afirme de ese «la mujer» es válido sin fisuras para todas y cada una de ellas, se adapten éstas al caso o no. De esta forma, comienza el proceso de fabricación de «la mujer» como «lo absolutamente otro». Tan «absolutamente otro», que lo que el primer romanticismo simplemente definía fue considerado por el romanticismo decadentista como un misterio insondable. De ahí también la discontinuidad de las figuras femeninas que el romanticismo acuñó: en su primera fase, las inocentes doncellas que arrancaban ya de la novela gótica del siglo anterior; en la segunda fase, la construcción literaria de la «mujer fatal».

Ya se dijo que el pensamiento misógino es esencialmente reactivo. Y también, y sobre todo, democrático. Cierto que de un democratismo torpe, a la baja, que busca más quitar privilegios a las pocas que los poseen que extender universalmente los derechos posibles. Sin embargo, no se debe olvidar ese rasgo porque de hacerlo no entenderemos que pensamientos democráticos hayan sido a la vez profundamente misóginos. El ejemplo más claro es Rousseau, y por ello, pese al descrédito de sus ideas durante el período romántico, siguió siendo un pensador muy influyente. Por esa misma razón, en ocasiones encontramos soldados discursos políticos progresistas —como es el caso de algunos socialistas utópicos—y misoginias muy profundas. El pensamiento de la igualdad provocó reactivamente una atribución de genericidad al sexo femenino (pertenencia al género-sexo entendido como esencia) mucho más fuerte que la pasada. Y, sobre todo, reargumentó esa genericidad mediante un discurso laico y pretendidamente científico.

Como efecto perverso del democratismo que es, el pensamiento misógino prendió en círculos igualitaristas y en círculos conservadores. En unos y otros redefinió la igualdad que era posible y a quiénes debía afectar. Es producto de la reflexión sobre la igualdad masculina y sus límites. El pensamiento misógino tuvo lugar históricamente cuando se presentó esta igualdad masculina. Se mantiene aún inercialmente como impostación en muchos lugares comunes de nuestra cultura.

Los filósofos en auxilio de la tradición

El discurso misógino tuvo abundantes cultivadores, pero solamente vamos a considerar a filósofos de primera fila. Ninguna argumentación es intemporal. La filosofía da forma a las ideas básicas de las grandes fases históricas. Tiene sobre todo una influencia difusiva a través de otros discursos: sus conceptualizaciones se encuentran en los fundamentos a veces inexplícitos de muchas otras ramas del saber y de la acción, por ejemplo, las artes, la historia, la política, la psicología, la medicina o las mismas ciencias de la naturaleza.

Durante el primer romanticismo, las ideas de Hegel y Schopenhauer están en la base del poso común de cultura europea y su influencia aún llega hasta nosotros disuelta en la sociología, el psicoanálisis, ciertas teorías políticas, etc. Los textos que se presentan de estos autores inician la tradición misógina. Pero, como ya se ha dicho, la misoginia filosófica no es inmotivada. Si figuras tan señaladas del pensamiento intentaron redefinir el papel otorgado a las mujeres fue porque la antigua seguridad de las formas de vida tradicionales se estaba deshaciendo. El pensamiento ilustrado había activado nuevos fundamentos para la convivencia:

1) que todos los seres humanos son libres e iguales;

2) que la sociedad es un contrato.

De ellos se seguía que únicamente son legítimas las prácticas que no vulneren la libertad o la igualdad y que puedan establecerse por acuerdo de la voluntad general. Obviamente, desde estos fundamentos gran parte de las instituciones corrientes perdían legitimidad: la familia, la propiedad, el sistema jerárquico admitido, los Estados… Los filósofos del primer romanticismo repasaron estas ideas para desactivarlas acudiendo a representaciones de orden genético, es decir, no cómo las cosas deben ser, sino cómo han llegado a ser y han sido siempre, a fin de demostrar que grandes segmentos institucionales del pasado podían ser lanzados hacia el futuro sin distorsiones.

Hegel

Hegel parte de que no se puede pensar el concepto de Humanidad tratándolo unitariamente, sino que en el seno de lo humano hay dos leyes: la del día —masculina, estatal— y la de las sombras —femenina, familiar—, cuyo continuum y colisiones forman la existencia misma de lo humano. No es naturalista porque ambas leyes no remiten a la existencia natural de los sexos, sino a su existencia en comunidades normativas, a las que Hegel llama «eticidad». Los sexos tienen, sin duda, realidad natural, pero tal realidad está fuera de la única sustancia viviente, el Espíritu. Sin embargo, en la realidad espiritual, el sexo permanece como característica porque cualquiera que existe como conciencia pertenece a una de esas dos formas: es varón o mujer. Ser una cosa u otra quiere decir que esa conciencia acata una ley que no ha inventado y, quiera o no, en ella habrá de vivir. La división de los sexos resulta del orden de la Naturaleza puesto que la especie es dimorfa, pero no pertenece a él: cada colectivo arrastra su ley. El masculino es diferenciado y consciente; el femenino es genérico y «lo consciente de lo inconsciente», es decir, más cercano siempre a la Naturaleza en sí misma.

Lo que unifica a las mujeres es la serie de figuras que se pueden dar dentro de su ley. Pertenecientes a la familia, están fuera de la ciudadanía y de los intereses universales. Tampoco tienen individualidad en un sentido fuerte: son la madre, la hermana, la esposa, la hija, es decir, figuras genéricas. Lo femenino ama y desea genéricamente, mientras que lo masculino individualiza. «En el hijo ha traído la madre al mundo a su señor», afirma Hegel. La ley de la familia no contempla, en efecto, la individualidad, así como tampoco el deseo individualizado ni la reflexión en los intereses de la comunidad estatal. Por ello, Hegel afirma que las mujeres son «la eterna ironía de la comunidad». Ejemplifica sus ideas analizando las tragedias griegas en la Fenomenoíogía.

La diferencia de los románticos posteriores con Hegel es la funcionalidad. El ideal griego y la feminidad tienen que ver con la dialéctica particular-universal. Hay que teorizar el Estado y hay que reargumentar las relaciones funcionales de los sexos.

Los varones han de vivir para el Estado; las mujeres, para la familia. Sin embargo, dado que en su juventud los varones son remisos a su destino estatal, lo que los hace potencialmente peligrosos para la comunidad, y dado que se apoyan en las mujeres para evitar su propia ley, el Estado debe, mediante la guerra, promover su incorporación a las tareas que les son propias y borrar en ellos todo rasgo familiar. De no ser así, la decadencia acecha a cualquier sociedad en la que varones y mujeres, al no comportarse según sus leyes propias, perviertan la ciudadanía y los fines universales.

Schopenhauer

Su filosofía parte de la pérdida del sentido. Se deshizo de la oposición naturaleza-espíritu, presente en el Idealismo, argumentando que todo lo que existe es manifestación de una potencia previa y ajena, que obra sin fines, a la que llamó Voluntad. Lo único que es potencia, en sí incognoscible, parece buscar es mantenerse en el ser; para ello posee sus estrategias, y la dimorfia sexual es la más característica. La división entre los sexos es natural, no meramente funcional o normativa. Los sexos son modos de existencia perfectamente diversos y divergentes. El sexo masculino es reflexivo y el femenino es inmediato. Las mujeres no alcanzan la madurez, sino el acné. A los dieciocho años existen como lo que van a seguir siendo, no tienen desarrollo ulterior; los varones, sí. El ser femenino es una estrategia de la Naturaleza, un efecto teatral mediante el cual ésta se perpetúa. Por reflexión, la cadena del ser no funcionaría, de ahí la necesidad de la argucia. La Naturaleza pretende su perpetuación, y el ser femenino, que es una manifestación inconsciente de esa potencia, también lo quiere porque tiene su esencialidad en trascenderse a sí mismo en otro (la mujer es la trampa que la Naturaleza le pone al varón para perpetuar esa cadena de sufrimientos que se llama «vida»).

Las mujeres no saben qué son: se creen individuos destinados al amor, y ellas mismas ignoran que el propósito de la Naturaleza es que, como las hormigas, acabada la cópula, pierdan las alas.

Son seres libres de angustia con inteligencia sólo para lo inmediato. En su visión del mundo no interpretan ni calculan fines. Varones y mujeres son esencias absolutamente separadas, modos de ser en el mundo incompatibles que se unen exclusivamente a efectos de reproducir la especie. Las mujeres no tienen inteligencia, equidad ni virtud.

En lo femenino no están las características propias de lo humano. Toda inteligencia y toda virtud han sido sustituidas por la astucia. Por ello, la mujer no es exactamente inmoral, sino que al ser absolutamente natural, no es moral. De ahí que las mujeres no puedan ser ciudadanas: son perjuras.

Ninguna mujer puede escapar a esta caracterización porque las mujeres son el sexo idéntico. No hay entre ellas diferencias, no tienen principio de individuación. Lo femenino guarda la especie, cumple con ella traicionando al individuo. Los varones la multiplican. Las mujeres saben inconscientemente que ese pervivirse de la especie no lo pueden realizar sin ellos, pero ni siquiera esta conciencia es positiva: no son abstractas.

Todas las mujeres son enemigas entre sí, y ello depende de su ser natural, porque todas ellas no tienen más que un mismo oficio y un mismo negocio. Puesto que sus diferencias son aparentes y pueden suprimirse con facilidad, ellas hacen más visibles los signos de pertenencia a un estatus. La identidad defectiva de las mujeres se soluciona por hiper-representación. La sociedad crea entre ellas distancias que no poseen: son idénticas y sin embargo se les concede a algunas la apariencia de la individualidad. La «dama europea», relativamente dueña de sí, es una vergüenza para la razón. Todas las mujeres deben ser seres de harén, y en esto las culturas orientales se han mostrado más sabias que Europa. Las mujeres no deben tener derechos y deben ser educadas en la sumisión. De no hacerlo así, se las hace infelices colectivamente. Por el contrario, sería benévolo darles una existencia asiática, porque para que algunas sean individuos otras tienen que ser sacrificadas y las sacrifican las propias mujeres: son las prostitutas. La monogamia, que debería ser suprimida, es responsable de esto. Las mujeres, interesadas en la monogamia, que no tienen virtud sino espíritu de cuerpo, sacrifican a las demás. Para que algunas sean señoras que administren el acceso sexual, otras deben renunciar completamente a la castidad y al matrimonio. La realidad es que en todas partes sólo la poligamia funciona de hecho. Se trata de organizaría. Para finalizar, la mujer está destinada por naturaleza a obedecer, es el segundo sexo. Si se le concede la libertad, no sabe administrarla: «la mujer necesita un amo».

Kierkegaard

Kierkegaard enlaza con Schopenhauer por antífrasis: es el mejor representante de la misoginia galante. En efecto, la misoginia no siempre se expresa de la misma manera. Schopenhauer se queja de la dama, Kierkegaard es el pensador de la dama. Articula la concepción romántica del amor cortés. Pero este amor cortés romántico poco o nada tiene que ver con el medieval: es un sentimiento construido en la ficción sin la estructura real del vasallaje de la sociedad estamental. Tampoco hay patronazgo ni creación de cortesía en el grupo de poder. En el amor romántico, la funcionalidad social inmediata está suprimida y por ello se expresa en el lenguaje tópico de la subjetividad.

En el contexto del romanticismo, muchos temas son revestidos de ropaje medievalizante para que adquieran consistencia; así se logra revalorizar un mundo previo supuesto a la apertura de la modernidad. El caballero y la dama de Kierkegaard pertenecen a este contexto intemporal vinculado a la recuperación de lo religioso.

La mujer, la dama o la amada son construcciones del caballero, objetos de ficción. En verdad, todo lo femenino es una orto-representación (o representación alegórica primordial) de lo humano que sólo resulta fascinante mientras se mantiene como tal representación. El amor mismo es la tensión hacia ese objeto de ficción y, por tanto, no puede realizarse. La esposa no es la doncella que se deseaba, porque el deseo fabrica su objeto y el objeto de deseo y el de posesión no pueden coincidir. El verdadero amor es, por tanto, el arte de la renuncia.

Lo que permite precisamente construir el ser femenino de ficción es que ontológicamente la mujer es una broma. La mujer, que aparenta ser la parte excelente de la especie, es un ser sobre el que se acumulan demasiadas gracias. Está por encima de la Hum nidad cuando ni siquiera está claro que pertenezca a ella en sus grados reales. La mujer es un ser al que la palabra «existencia» le viene grande. Es el sueño de Adán, del varón. Es materia informe sobre la que se ejerce individuación amorosa. Por ello, la creatura es de su creador. Todo caballero es Pigmalión que hace emerger a su dama de lo informe femenino. Porque en sí todo lo que es femenino es extrínseco: un ser cuya finalidad está en otro ser, que no tiene vida propia, cuyo espíritu es vegetativo, contenido en los límites de la Naturaleza e incapaz de excederlos. La Naturaleza es ella misma femenina. Lo masculino, pues, se asimila a Dios.

Esta característica de lo femenino de «ser para otro» no es funcional, se dijo, sino ontológica. El «sexo bello» fabricado, desgraciadamente, en su ocurrencia fenoménica casi nunca presenta todo aquello que lo adorna en su estado de ficción: tiende a decaer y por ello necesita una sobre-impostación. Lo que son las mujeres reales es distinto de la promesa que presenta «lo femenino». De ahí que el caballero deba esforzarse en fabricar figuras a partir de la mujer existente que es pretextual: ésta es la tarea del seductor.

Nietzsche

Nietzsche es un filósofo con muchos registros, no sólo temáticos, sino que suele adoptar posiciones divergentes y aun contradictorias sobre una misma cuestión. Sus claves de coherencia son difíciles porque pone demasiadas ideas en juego. De él se puede hacer, por ejemplo, una lectura feminista o misógina plana; los textos permiten ambas. Lo mismo sucede con casi todas sus tematizaciones político-morales, por lo que se han buscado en su pensamiento elementos de tradiciones tan opuestas como el totalitarismo o el libertarismo.

Su representación fundamental valorativa para explicar la dinámica moral, histórica o política es la división entre fuertes y débiles, que se traduce también en valores de los fuertes y valores de los débiles, potencia individual o instinto de rebaño. En varios lugares, esta ontología dual hace coincidir su frontera con masculino-femenino. Lo hembra es una continuidad de la Naturaleza, mientras que lo femenino es una ideación, seguramente masculina. Ser hembra es ser madre y ser débil. Lo femenino reconvierte ese trazo ontológico en un armazón valorativo: exagerando su debilidad se defiende de la fuerza. Lo que Schopenhauer llamaba «astucia» es, en opinión de Nietzsche, una necesidad. Por ello las mujeres se dejan ficcionar y se ficcionan ellas mismas. Las mujeres se vuelven, por instinto de supervivencia, función ajena.

Sin embargo, ni todos los varones son fuertes ni todas las mujeres son débiles. Fortaleza y debilidad son conceptos relativos. La individualidad que sabe de sí y de su potencia se sabe excluida de la categoría de sexo. Pese a ello, las mujeres como conjunto son obligadas a comportarse extrínsecamente y a usar las armas de la debilidad. Su posición en el mundo viene dada por la maternidad, comparten en esto el destino general de lo hembra. Con todo, en la educación a que se las somete y se someten se usa excesiva crueldad. Sólo se les concede una virtud, un tipo de honor, su «honra», que ni siquiera se aprecia en lo que les cuesta.

Lo que las mujeres son se explica por lo que deben hacer. Acostumbradas a la sumisión, desean normalmente servir, y así sirven a los varones, al Estado, a la moral. Sin embargo, la verdadera moral comienza allí donde el instinto de rebaño termina: es asunto de espíritus libres. Y en lo femenino la libertad no es regla. Por el contrario, y por su cercanía a todas aquellas cosas que la Naturaleza es y que la Cultura oculta —lo que Nietzsche llama pudendum—, las mujeres, más que rebeldes, suelen ser escépticas.

En lo femenino hay algo más: lo femenino es la presentación-representación de lo propiamente humano cuando es perfecto. Pero ese «femenino» exige, como toda contemplación, la distancia. La cotidianidad sólo permite grados pequeños de idealización. Dado que algunas mujeres se esfuerzan en hacerse como los varones las han soñado, poseen el hechizo de su acción… a distancia. De cerca, casi todos los seres humanos son demasiado humanos y —aparte de la división funcional y simbólica del sexo— demasiado parecidos.

Algunos datos biográficos

Hegel (1770-1831), figura principal del Idealismo alemán, realizó el último intento de gran filosofía sistemática. Sus obras más influyentes son Fenomenología del Espíritu, Ciencia de la Lógica, Enciclopedia y Filosofía del Derecho, a las que hay que añadir sus Escritos de Juventud]/ sus Lecciones, que se publicaron póstumamente.

Schopenhauer (1788-1860), filósofo alemán muy influyente durante el siglo xix y principios del xx, es el filósofo de la misantropía y la identidad femenina. Crítico de la cultura europea, escribió su ontología romántico-naturalista en El Mundo como voluntad y representación y sus reflexiones político-morales en forma aforística en los Parerga y Paralipómena.

Kierkegaard (1813-1855), filósofo danés, maestro de la paradoja, investigador de la subjetividad, las pasiones y el sentimiento, avanzó muchos de los temas de la Filosofíade nuestro siglo. Se le considera precursor del existencialismo. Temor y Temblores su teoría de la religión; In vino veritas y el Diario de un seductor, su teoría del sentimiento.

Nietzsche (1844-1900), filósofo alemán que encarnó en su propia vida el concepto decadentista de genialidad, es el mayor crítico de los valores de la cultura heredada en nombre del mundo que está por venir. De entre sus obras destacan Más allá del bien y del mal, La Gaya Ciencia, Aurora, Así habló Zaratustra, Humano, demasiado humano.

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