(Esta columna no representa necesariamente las opiniones de este medio y son de exclusiva responsabilidad de quien firma dicha columna)

En octubre del año pasado, bajo la euforia y adrenalina que invocaba uno de los hechos más importantes en nuestra historia democrática, el presidente de la República le habló al país con un tono desesperado y poco reflexivo: “Estamos en Guerra” manifestaba en aquel entonces. Lo anterior significó, a todas luces, uno de los grandes errores políticos de este gobierno que, sin duda, marcó el actuar venidero de un gobierno que antes de la política y el diálogo, prefirió las armas y la apatía.

En medio de la peor crisis sanitaria de la historia y en un contexto donde muchos chilenos dejaron de respirar, el gobierno tuvo por fin un último aliento. El miedo de salir a la calle ya no estaba representado por militares entrenados para matar, sino que se trataba de esa amenaza invisible a los ojos, ese letal y violento virus. El mayor símbolo quizás de ese gobierno que parecía retomar la conducción del país fue la de un presidente que, dentro de sus variopintas patológicas conductas y destellos de grandeza, figuraba reposando en el epicentro de la lucha que movilizó a millones de personas. “Déjenme disfrutar este momento que tanto lo necesito”, habrá dicho el presidente a sus escoltas.

Pero todo cae por su propio peso. No vino un segundo “estallido social” como amenazó la izquierda, vino algo incluso más incontrolable para el “gobierno de los mejores”, llegó la política, el espacio de mayor incompetencia para aquellos que sólo saben escudarse en la técnica. La política siempre puede verse como una guerra y no es casualidad que Sun Tzu sea tan leído en escuelas de negocio y por supuesto, por nuestros ilustrados políticos.

Ha tocado ceder, ha tocado perder y derrota tras derrota algo aprenderán. No creo que alguien con tantas pocas habilidades cognitivas haya llegado a ser presidente dos veces, o tal vez sí, quien sabe. En medio de la pandemia salió, luego del aparente fracaso estratégico, el ministro de la cartera más importante del momento; se aprobó un proyecto de ley de iniciativa opositora con gran aceptación por parte de parlamentarios oficialistas; se han rechazados vetos presidenciales; y como si fuera poco, las cacerolas suenan cada día más fuerte en “Provitwitter”. Un gobierno humillado, un presidente ansioso y desesperado, una coalición frustrada y desarmada. La gobernabilidad en el piso y un Congreso hecho con el poder de hacer y deshacer a gusto.

“Ya basta de humillarnos” habrá pensado el presidente, como si se tratara de algo que está en condiciones de controlar. La mentalidad de guerra recorre las venas de un gobierno que desde el segundo piso no ve todo perdido. Miran hacia afuera y notan que el placard todavía no muestra los noventa minutos, qué desesperanza dirán algunos. El virus se controla y el entretiempo termina con codazos antes del pitazo inicial.

“Basta de los Blumel, su expertiz técnica y su lealtad no salva a nadie; basta de los Espina, su tranquilidad me molesta; ¿quién me dijo que pusiera a Alvarado? Apuesto que el mismo que me dijo que pusiera a Mauricio Rojas”. De esta forma el presidente se pone a tono con los tiempos. Calmó el fuego amigo, llenó el gabinete de políticos de experiencia, puso como rostro a la cara bonita de la UDI y sabe que de aquí en más, no hay margen de error.

Un gabinete de guerra para el gobierno de los empresarios, una guerra donde han perdido todas las batallas, pero si de algo sabe la derecha, es que siempre pueden ganar una guerra incluso siendo minoría, sólo tienen que elegir bien sus armas. Lo único que pido es que ojalá no se tomen muy en serio eso de las armas.

Rodrigo De la Fuente

Estudiante Ingeniería Comercial UC

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