Por Rocío Gómez Astudillo para El Mercurio Domingo 26 de Enero 2020

Los hechos ocurrieron el pasado viernes 17 de Enero.

En Barrio Lastarria y cerca de la misma hora, dos hombres fueron golpeados por manifestantes que venían de Plaza Baquedano. Los acusaron de ser carabineros, pero ninguno pertenece a la institución.

“¡Es Paco, hay que matarlo!”

Mauricio Peña (42) recuerda con exactitud la frase que un grupo de manifestantes gritó el pasado viernes 17 de Enero en el barrio Lastarria, cuando cerca de las 21:30 horas bajó a comprar como usualmente lo hace en el almacén ubicado en su barrio. El corredor de propiedades afirma que recibió una golpiza y que no tuvo la oportunidad de defenderse o explicar que estaban equivocados.

Su caso se hizo público el domingo pasado en una carta al director. Enviada por testigos del episodio a “El Mercurio”.

A poco más de una semana, Mauricio repasa lo que vivió ese día, los cambios que ha experimentado el sector desde el inicio de la crisis social y la esperanza de que su testimonio sirva para descubrir otras agresiones de este tipo.

“Debieron ser siete a diez personas las que me atacaron”

Cuando Mauricio Peña salió de su departamento llevaba dos cosas en las manos: las llaves y su tarjeta de crédito. De pantalón corto, polera deportiva y zapatillas desamarradas, fue a comprar al almacén que se encuentra a solo unos metros del edificio donde vive. Como cada viernes, desde el 18 de octubre, se encontró con una multitud que venía de Plaza Italia. “Este barrio es muy tranquilo, hay mucha gente que es turista, adultos mayores y artistas. Yo vivo hace seis años acá y nunca he visto algo parecido”, cuenta.

Al bajar, quedo en medio del grupo. Entre las personas, vio a un hombre alto que cargaba unas banderas y que pasó a llevar a una mujer. “¡Ten cuidado!”, le dijo Peña, cuando la tela de una de ellas le pegó en el rostro. Pero esas dos palabras gatillaron que en unos pocos segundos se convirtiera en el centro de atención de los manifestantes.

“Eso fue suficiente para que una mujer gritara atrás: ‘Es paco, hay que matarlo’. Alcance a escuchar eso, cuando me llegó una patada por la espalda. Debieron ser siete a diez personas que me atacaron”, asegura Peña.

Con la patada que le dio ese hombre que era mucho más grande y alto en comparación a él, de acuerdo a lo que recuerda Peña, cayó al suelo de manera abrupta. Tirado en la calle, recibía golpes en su cabeza. Cuando logró pararse, cruzó a la calle cubriéndose el rostro, pero los desconocidos no cesaban de atacarlo. “No tuve oportunidad de decir: ‘Oigan, yo no soy carabinero. Mírenme cómo estoy vestido, yo ando comprando’. No tuve la oportunidad de hacer nada”, recuerda.

“Asesinos, lo van a matar”, “paren, paren, no lo maten”, gritaba una mujer dentro del grupo. Se trataba de Beatriz Sotomayor, quien envió la carta a El Mercurio y que junto a su madre eran testigos del hecho.

Las mujeres se interpusieron para impedir que lo siguieran golpeando, mientras observaban que unas 50 personas se quedaban mirando, sin actuar. “Lo que vi fue indiferencia y morbo, no iba a encontrar ayuda ahí”, cuenta Beatriz. Con gritos y saltos, la mujer logró detener la golpiza. Esto permitió que Peña avanzara unos 15 metros, lo que no fue suficiente para llegar a su hogar, porque otro grupo lo golpeó.

Una zapatilla perdida en medio de la golpiza

Mauricio Peña estaba otra vez en el suelo. Hay algunos hechos que no recuerda con claridad y que atribuye al shock por el ataque. Pero aún recibiendo golpes, se dio cuenta de que le faltaba algo. No tenía puesta una zapatilla. Eso, por alguna razón que no sabe cómo explicar, le dio miedo. Ahora dice que puede sonar como una locura la conclusión  a la que llegó en el momento, pero en ese instante fue lo único que le permitió reaccionar.

“Puede ser una tontera, pero pensé que cuando a alguien lo matan o lo atropellan, lo primero que le pasa es que se le salen los zapatos. Entonces yo creo que en mi subconsciente pensé: ‘O me estoy muriendo o me van a matar’. Entonces me dije: ‘Si me pongo las zapatillas, no me muero’”.

Con eso en mente, se puso de pie como pudo y alcanzó la zapatilla que estba según lo que recuerda, a un metro de distancia. En ese momento se abrió la puerta y apareció Angélica Cadavid, su pareja.

“¡Es mi esposo, no es paco!”

Desde el departamento, Cadavid había escuchado los gritos. “¡Es paco, es paco!”.  En un comienzo vio a mucha gente reunida en círculo. “¡Dios mío es Mauricio!, le están pegando y lo van a matar”, dijo la mujer.

Bajó gritando y pidiendo ayuda, pero nadie salió. Solo con las llaves en la mano, abrió la puerta y ahí se encontró con Peña.

Lo tomó de la mano, mientras les decía a los manifestantes que eso no se le podía hacer a una persona. “Él no es paco. ¿Por qué le están pegando? Nosotros vivimos acá”, gritaba Cadavid.

Una vez dentro del departamento, escucharon cómo los sujetos que golpearon a Peña siguieron gritando. Un video de uno de los vecinos da cuenta de los insultos que se dirigían al agredido. Luego de amenazar con quemar el edificio, los manifestantes se fueron.

Sin oportunidad

Peña afirma que aún no ha procesado lo vivido. No tiene miedo, pero le preocupa que esto les pueda estar ocurriendo a otras personas. Dice que, simplemente, porque a ese grupo le pareció que era carabinero, inmediatamente se convirtió en uno. “Creo que todo eso se deduce por mi corte de pelo, por mi contextura física, que también tengo cara de ser serio, no sé. Pero no me dieron ninguna alternativa, tuve cero oportunidad de rebatirlo”.

Aunque en un comienzo nunca pensó en denunciar o tomar acciones legales, ahora quiere hacer todo lo posible por dejar antecedentes de la situación. Por eso, el pasado miércoles, junto con el abogado Cristián Jara, hizo la denuncia en la PDI, por homicidio frustrado.

Jara menciona que están recopilando las pruebas entre las que se encuentran fotos, videos de vecinos y la declaración de testigos. Esperan además obtener las grabaciones del metro o de grabaciones de la cámara de seguridad de la calle.

“Lo más seguro es que no lleguemos a nada. No vamos a llegar a nada con respecto a los tipos que me pegaron, pero sí podemos crear una conciencia social, que eso en este minuto, es el fin”, asegura Peña. El corredor de propiedades está convencido de que tiene una responsabilidad de contar su historia, no solo porque pueden existir otros casos similares al suyo, sino que también por la preocupación de los vecinos del edificio, quienes están asustados con lo que ocurre cada viernes en el sector.

Pero hay otra cosa que inquieta a Peña: el nivel de violencia del grupo. “Y qué pasa si yo hubiese sido carabinero de verdad? O sea, ¿Andan matando a los que ven en la calle? ¿Ese grupo de personas busca a pacos de civil que no anden con armas para matarlos? Eso puede ser tan o más grave”.

“¡No digas nada, no digas nada!”

Mientras Mauricio Peña vivía una de las peores noches que recuerde, en otro sector del Barrio Lastarria un matrimonio -que solicitó resguardar su identidad- veía desde la ventana cómo los manifestantes de Plaza Baquedano venían gritando gritando y tocando cada puerta de los edificios. Los ruidos les recordaron cuando quemaron la iglesia de la Veracruz y la de Carabineros, y como se preocupan por el cuidado del patrimonio bajaron a tratar de impedir más destrozos.

Una vez en la calle, siguieron a la multitud que vandalizaba el restaurante Victorino. Se sentaron en la vereda del frente, mientras presenciaban cómo estas personas tiraban las mesas, incendiaban los basureros y hacían barricadas. Luego observaron el inicio de una confrontación entre la policía y los sujetos que iban encapuchados y que portaban molotov, hondas y palos. Era “una guerra”, comentó el matrimonio.

Fue ahí cuando decidieron regresar a su departamento. Pero no quisieron que los identificaran, por lo que siguieron una ruta, más larga, para que los sujetos no fueran capaces de reconocer que eran vecinos del lugar. En Villavicencio, se encontraron con un grupo de manifestantes. ¡No digas nada, no digas nada!, le murmuraba Cristina a su marido.

Pero entre los empujones, él no pudo contenerse y le dijo al grupo: “¿Por qué andan encapuchados?”. Esa pregunta generó que uno de los hombres lo quedara mirando fijamente. El contacto visual duró unos segundos, pero el marido de Cristina continuó caminando sin darse cuenta de que el sujeto lo venía siguiendo.

Los manotazos y empujones hicieron que se detuviera y como Cristina sabía que su marido no respondería a la incitación, se interpuso y le pidió que lo dejara tranquilo. Pero eso no fue suficiente. “Cuando el tipo regresa, no sé cómo pero a mi me agarró otro grupo, que me tiraba tanta cerveza, que mis zapatos gorgoteaban. Y vi que a él le tiraron algo que nunca supe lo que fue, solo vi que le corría algo pastoso”, relata. Sólo 15 metros separaban a Cristina de su marido que ya estaba tirado en la calle. Ahí recibió patadas en su cabeza y costillas. Cómo pudo logró pararse y arrancar. Hasta que escuchó la misma frase que le gritaron a Mauricio Peña.

Cristina, en tanto, seguía recibiendo insultos y gritando que le estaban pegando a su pareja. Con miedo vio desde lejos que él se estaba parando y como pudo llegó al lugar.

Cuando se encontraron, apurados, escaparon hasta un callejón en la calle Estados Unidos y se quedaron ahí esperando a que pasara toda la multitud. Sentados en la vereda, sintieron el mismo miedo que cuando comenzó la crisis social.

“En cada calle había un incendio. De repente fue 18 de octubre de nuevo, porque esa noche en el barrio ocurrió una guerra”, cuenta Cristina.

Ahora el matrimonio dice “ser prisionero en su propia casa”. No pueden hablar con sus vecinos ni tampoco mostrarse abiertamente en contra de lo que para ellos son “delincuentes que destruyen el barrio”. Pasaron de tener un grupo de amigos a solo conversar con una persona de ese sector. 

Los incidentes, que ocurren casi todos los días en el barrio, pero principalmente durante los fines de semana, han hecho que se imaginen lo peor. “Unas cuatro veces hemos pensado que aquí nos vamos a morir. Hemos pensado cómo vamos a escapar de este departamento que la única salida que tiene es hacia la calle. Tenemos una maleta con lo básico por cualquier cosa. Ese nivel de angustia jamás lo viví en mi vida, nunca”, dice Cristina.

Amenazas

El matrimonio ha presenciado otras situaciones similares a las que vivieron ese 17 de enero, interviniendo en algunas donde casi los golpean. Luego del incendio de la iglesia de la Veracruz, un extranjero se acercó a mirar el daño que había en el templo. En el lugar, sostuvo una conversación con un hombre que aseguraba que los autores del incendio habían sido los carabineros. Cuando el marido de Cristina dijo que eso no era verdad, el sujeto trajo un palo y quiso pegarle, pero los carabineros estaban ahí, por lo que pudo huir. “las personas me preguntaban: ¿Tú eres carabinero? No, pero no soy un loco”, recuerda.

No tienen esperanza en que se pueda llegar a algo concreto contra esas personas, porque cuando fueron a Carabineros a denunciar les dijeron que no tenían la evidencia suficiente, al no contar con testigos ni tampoco con lesiones de gravedad. Pero no quieren quedarse en silencio.

“Cuesta mucho contenerse, porque es traicionar lo esencial que tenemos los humanos que es la empatía y la solidaridad. Ver a alguien que está sufriendo, aunque pueda ser un delincuente, no me importa, así no se hacen las cosas”, asegura Cristina.

1 Comentario

  1. Terrible. Vivo a espaldas de lo que era el supermercado Lider de mi ciudad. La noche que lo incendiaron los manifestantes apedreaban nuestras casas para evitar que evacuaramos. Fue dantesco. Entre las bombas lacrimogenas y los piedrazos lo único que pude hacer fue encerrarme con mis perritas y mi madre de 88 años en un baño….comparto plenamente la angustia de lo que han vivido otras personas. .

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