Resumen: Elias Canetti es conocido sobre todo como Premio Nobel de Literatura 1981. Pero existe otro Canetti, el autor de Masa y poder y de los Cuadernos de notas, uno de los pensado- res más originales, profundos y notables del siglo XX. En esas obras Canetti se muestra como un librepensador, un maestro del pensamiento libre, situado al margen de todo sistema, escuela o aca- demia. Sus notas y reflexiones abarcan los gran- des problemas que desde siempre obsesionan a nuestra razón: la muerte, el poder, la libertad, la esperanza, la religión o la filosofía. Su mirada, única y diferente, acerca de esas grandes pregun- tas de la condición humana es para nosotros tan necesaria como reveladora.

Por JOSÉ MARTÍNEZ HERNÁNDEZ para Revista de Filosofía, no 38, 2006 encuentre el artículo original aquí

Elias Canetti (1905, Rustschuck, Bulgaria – 1994, Zúrich, Suiza), perteneciente a una familia de antiguos judíos sefardíes procedentes de Cañete (Cuenca), es uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Tal vez esta afirmación no constituya para los conocedores de toda su obra una sorpresa o una novedad que necesite justificación, pero es muy posible que para una gran mayoría de sus lectores sea otro Canetti el que prevalece y está vigente.

Elias Canetti es mayoritariamente conocido por haber sido premio Nobel de Literatura en 1981 y por ser el autor de una célebre novela, Auto de fe; de una autobiografía intelectual en forma de trilogía, La lengua absuelta, La antorcha al oído El juego de ojos; de relatos o impresiones de viaje, Las voces de Marrakesch; y de un ensayo genial y original como pocos, Masa y poder, en el que depositó media vida y todas sus esperanzas como pensador y escritor, y con el que creyó haber comprendido el siglo XX, haberlo «agarrado por el pescuezo», según sus propias palabras. Pero Canetti es también el autor de una serie de cuadernos de notas que contienen toda clase de apuntes, aforismos y reflexiones varias, de los cuales poseemos hasta ahora en español una selección aparecida en seis libros: La provincia del hombreEl corazón secreto del reloj, El suplicio de las moscasHampsted, Apuntes 1973-1984 Apuntes 1992-19931. Estos textos están ordenados cronológicamente (abarcan desde 1942 hasta poco antes de su muerte) y dan testimonio, junto con Masa y poder, de una de las miradas más penetrantes que se han dirigido sobre el pasado siglo. Un siglo en el que el poder ha logrado sus formas más sutiles, bárbaras y totalitarias, y en el que, gracias al progreso, se ha matado mucho y bien. El poder y la muerte, o la muerte y el poder, tanto da, y la relación íntima entre ambos constituyen precisamente los dos grandes temas de la reflexión de Canetti, las dos grandes obsesiones de su mirada.

El contenido de los mencionados cuadernos los convierte en un género de escritura difícil de clasificar, que sólo tiene un claro precedente en los Aforismos de Lichtenberg. De él dijo Canetti: «Su curiosidad está libre de toda atadura; surge de cualquier parte y se dirige a cualquier parte (…) Que no quiera redondear nada, que no quiera terminar nada es su felicidad y la nuestra: por esto ha escrito el libro más rico de la literatura universal» (PH, 281). En efecto, el título de aforismos, adjudicado de manera póstuma y apócrifa a los «cuadernos borradores» de Lichtenberg, es pobre y desorientador, porque en ellos se encuentra una riqueza literaria casi ilimitada por la amplitud de registros y de cuestiones tratadas. Los llamados Aforismos de Lichtenberg contienen, en realidad, una «summa» de estilos, una multitud de proposiciones diferentes en las que no falta de nada (preguntas, dudas, experimentos mentales, monólogos interiores, proyectos literarios, rasgos autobiográficos, polémicas, chistes, sueños, citas, etc.) y en las que se habla de todo (problemas filosóficos, físicos, matemáticos, psicológicos, literarios, mundanos, etc.). Lichtenberg, dirá Canetti, es una pulga con el espíritu de un hombre, porque posee una fuerza incomparable para saltar fuera de sí mismo. Arroja luz sobre todo lo que toca, quiere dar en el blanco, pero no matar, porque no es un espíritu asesino.

Esa misma actitud caracteriza a nuestro escritor. Sus cuadernos de notas son una especie de cajón de sastre donde cabe de todo: ocurrencias, sutiles observaciones, apuntes del natural, ideas que se cogen al vuelo como mariposas raras y valiosas fruto de una curiosidad libre y caprichosa, deseando comprender y subrayar la vida en sus saltos y no en su coherencia. Representan la forma más abierta y acogedora de escritura, aquella a la que cada uno puede ir a buscar lo que le interesa o concierne, y constituyen un texto universal, para todos, un pensamiento múltiple y en constante devenir.

Sin embargo, estas notas sueltas no sirven a ningún fin externo, existen sólo para sí mismas y responden a una profunda necesidad interior de libertad y espontaneidad. Comenzaron a nacer en el momento en que Elias Canetti estaba concentrado y obsesionado con Masa y poder, la que debía de ser «la obra de su vida», su palabra definitiva, y se hallaba sometido a una insoportable tensión que habría de durar decenios: «Era necesario una válvula de escape y a principios de 1942 la encontré en estas notas» (PH, 10).

Son también, por tanto, escritura terapéutica que libera de la escritura como proyecto y ambición, el placer del texto frente al dolor del texto, la intuición instantánea que se piensa de una vez frente a la frase lapidaria que se rumia una y otra vez angustiosamente para la eternidad. Pero este origen casual, esa actitud aparentemente «irresponsable» no debe equivocarnos sobre el verdadero valor de tales cuadernos. Muy al contrario, creo que en ellos hay otro Canetti, menos ambicioso y más auténtico, menos tenso y más relajado, que escribe sólo para sí mismo y no para esa entelequia llamada posteridad. Hay un escritor tan verdadero, profundo y valioso como el de Masa y poder, si no más.

Lo que nació en él como divertimento o desahogo esporádico acabó transformándose en otro modo de pensar y de vivir su relación con la escritura: «Poco a poco aquellas notas se iban convirtiendo en un ejercicio diario e indispensable. Me daba cuenta de que una parte importante de mi vida pasaba a ellas» (PH, 10).

Con toda probabilidad, la más importante, pues en esos apuntes sueltos su autor nos aparece como un «hombre filtrado». El eterno estudiante que fue siempre Elias Canetti, alguien sin especialidad o, más bien, cuya especialidad es todo, encontró en los apuntes sueltos la forma literaria perfecta, como acertadamente ha señalado Susan Sontag. Esta forma de escribir no es ajena a un modo de pensar, sino su consecuencia necesaria. Canetti aparece en sus cuadernos más que nunca como un pensador libre, en estado puro, ajeno a escuelas, tradiciones, tecnicismos y jergas académicas, con un lenguaje limpio y directo. En ellos anota pensamientos sueltos que procuran soltar el pensamiento, liberarlo del paranoico deseo de absoluta cohesión y rígida fortaleza. Aparece allí la reflexión en su brotar espontáneo, sin la pretensión falsaria de saberlo todo o desde el Todo. Surge la inteligencia fresca, errática y nómada, inocente, sin necesidad de justificarse o traicionarse, como un destello de lucidez instantánea que quiere escapar a la falta de honradez que supone todo afán de cerrado sistema y al deseo de poder que alimenta ese afán: «Desea dejar anotaciones dispersas como corrección al sistema cerrado de sus pretensiones» (SM, 34).

Por eso cabe definirlo como librepensador en un nuevo sentido, diferente al que se usa para nombrar a algunos escritores franceses e ingleses de los siglos XVII y XVIII, librepensador en el sentido de lo que Schopenhauer llamaba Selbstdenker poniendo a Lichtenberg como modelo; es decir, el verdadero filósofo, el hombre que piensa por y para sí mismo. Para Canetti, librepensador es también el hombre que respira, que toma aliento y piensa sin premeditación, sin dejarse someter ni siquiera al empeño reflexivo, el que carece de metas y de intenciones para no verse atrapado por la necesidad de honores y dignidades: «Los puestos honoríficos son para los débiles mentales; es mejor vivir en el oprobio que en el honor; sobre todo, ninguna dignidad; libertad, a cualquier precio, para pensar» (PH, 21).

Tal libertad de estilo y de actitud hacen de Elias Canetti un pensador atípico y original, caso del que Cioran podría ser otro buen ejemplo, aunque cada uno tenga su propio tono y sus razones personales para ello. Casos como estos, y otros muchos que podrían añadirse (Montaigne, Pascal, Leopardi, Nietzsche, Pessoa…) hasta hacer una lista interminable (en la España actual, sin ir más lejos, una de nuestras más profundas y singulares inteligencias: Rafael Sánchez Ferlosio), ponen en entredicho la identificación automática de la historia del pensamiento con la historia de la filosofía o la delimitación estricta de la frontera entre la creación literaria y la filosófica, e invitan a considerar problemáticas tales relaciones. Cioran dio una buena receta para acabar de una vez por todas con esa concepción profesoral, gremial y estrecha de la filosofía: «Hemos llegado a un punto de la historia en que es necesario, creo, ampliar la noción de filosofía. ¿Quién es filósofo? El primero que llegue roído por interrogaciones esenciales y contento de estar atormentado por una lacra tan notable»2.

Canetti encuentra en la actitud tópica y tradicional del filósofo más taras que virtudes, le repele, por ejemplo, el proceso de vaciamiento de la realidad que éste realiza cuando piensa, como si su lenguaje rellenase unas pocas palabras a costa de las cuales otras se vacían. Culpa a la filosofía de haber perdido la inocencia al cargar con el lastre de su propia historia y de enmarañarse en su autocontemplación estéril, al tiempo que vive permanentemente tentada por la exigencia legitimadora que el poder le plantea a cada instante. Ve, a menudo, en el filósofo la muerte del poeta, un individuo obstinado y pesado que se empeña en repetir el reducido número de sus ideas fundamentales, una especie de ilusionista que hace desaparecer muchas cosas para que, de pronto, haya algo en su mano. Pero, por encima de todo lo anterior, el principal reproche que dirige a los filósofos es su afán paranoico de coherencia, su voluntad de sistema: «Cuando todo encaja perfectamente, como en los filósofos, deja de tener significado. Por separado, hiere y cuenta» (CSR, 177).

El afán desmedido de que todo esté bien y cuadren las cuentas, el deseo de tener siempre una explicación a punto, la voluntad de que el sentido esté presente en todas partes y pueda ser revelado al instante, son las razones principales que hacen a Canetti desconfiar del saber filosófico como modelo del saber convertido en sistema. Pocos escritores han desvelado con tanta profundidad la relación entre pensamiento sistemático y poder. Canetti diferencia entre los sistemas claros y transparentes, aquellos que son como instrumentos o juguetes de nuestra búsqueda del conocimiento y los sistemas exhaustivos, que le dan miedo. Estos últimos son pensamientos en formación de combate, ideas que sólo buscan morderse bien la cola y excluir de manera despiadada lo que no encaja en su seno. Por eso teme que sus propios pensamientos casen demasiado pronto y les deja tiempo para que desenmascaren toda su falsedad o, al menos, para que cambien de piel. Es consciente de que todo orden es una tortura y que el orden de uno mismo es la máxima tortura.

Animado por una saludable desconfianza, Canetti recela de toda reflexión que se cierra sobre sí y se explica. Odia a quienes construyen sistemas rápidamente, a esa gente que registra cuanto corrobora sus ideas en lugar de hacerlo con lo que las refuta y debilita. Concibe el pensamiento como un anhelo de metamorfosis y a su sombra, la estupidez, la paranoia del pensamiento, como un férreo deseo de identidad. Por eso sitúa la esperanza en aquello que queda excluido de todo sistema y busca una felicidad en la que sea posible perder en paz la propia unidad. Canetti sabe también que se piensa como se es y que hay dos tipos de espíritus, los que se instalan en casas, cargos o cátedras y los que se instalan en heridas y a la intemperie:

Dos tipos de personas: a unos les interesa lo estable de la vida, la posición que es posible alcanzar, como esposa, director de escuela, miembro de consejo de administración, alcalde; tienen siempre la vista fija en este punto que un día se metieron en la cabeza (…) El otro tipo de personas quieren libertad, sobre todo libertad frente a lo establecido. Les interesa el cambio; el salto en el que lo que está en juego no son escalones, sino aberturas. No pueden resistir ninguna ventana y su dirección es siempre hacia fuera. Saldrían corriendo de un trono del cual, en caso de que estuvieran sentados en él, ninguno de los del primer grupo sería capaz de levantarse ni un milímetro (PH, 79).

Los cuadernos de notas de Elias Canetti son la más espléndida muestra de un pensamiento en movimiento, en marcha, nómada, en el exilio, en permanente mutación; son la más radical denuncia de un pensar estancado, fosilizado, fortificado e institucionalizado, un pensar que adopta posiciones defensivas, paranoicas, que envejece por miedo a la libertad de la inteligencia y pretende paralizarla o aniquilarla. Esos cuadernos son también el modo de respirar de un espíritu libre que no quiere creer en sí mismo ni ser esclavo de sus objetivos, al que le repugna sentirse «realizando una obra», convirtiéndose en una «autoridad», y que quiere reducir la aparición del poder en la escritura a su mínima expresión: «Sus propios conocimientos le parecen sospechosos siempre que, de un modo convincente, consigue defenderlos frente a otro» (PH, 251). Canetti se siente a la vez cómplice de los pensadores que pueden decir lo terrible (Hobbes, De Maistre), de los que no se avergüenzan de sí mismos (Unamuno), de los escritores capaces de mirar el horror de la existencia con los ojos bien abiertos (Kafka), de los que no tienen nunca prisa (Montaigne) y de quienes le han mostrado el carácter singular e insustituible de todo hombre (Stendhal). Prefiere los espíritus iluminadores y que necesitan pocas palabras (Heráclito y Lao-Tse) a aquellos que todo lo ordenan y compartimentan, cuya lectura le repugna (Aristóteles) y, sobre todo, admira a los que le permiten respirar:

Filósofos con los que uno se dispersa: Aristóteles. Filósofos que no dejan levantar cabeza: Hegel. Filósofos para inflarse: Nietzsche. Para respirar: Xuang-tse» (CSR, 21).

Pensar para respirar o pensar para asfixiar, ese es el dilema que Canetti nos propone. La reflexión como actividad abierta al pálpito inconmensurable de la vida o como arma siempre dispuesta para ahogar y vencer al adversario. La escritura que persigue la metamorfosis de quien la practica o, por el contrario, la construcción e imposición de su identidad. El pensamiento que toma la forma de obra siempre inacabada en la que lo más importante es lo no dicho o que se convierte en maquinaria y fábrica de respuestas capaz de devorar todas las preguntas: «Todo conocimiento suelto será valioso mientras se mantenga aislado. Pues al caer en el intestino del sistema se diluye en nada» (H, 46).

La respiración es para Canetti el origen de la libertad. El pensamiento sólo puede respirar y ser libre si se construye en la tensión permanente entre saber y no saber, si mantiene su capacidad de formular más preguntas que respuestas: «El no saber no puede empobrecerse con el saber (…) El que tiene muchas respuestas debe tener todavía más preguntas. A lo largo de toda una vida, el sabio no pasa de ser un niño y las respuestas lo único que hacen es secar el suelo y la respiración» (PH, 12).

Elias Canetti pertenece al gremio de los pensadores «aficionados», cuyo santo patrón es Sócrates, al grupo de los que no dominan ni practican la profesión, ni maldita la falta que les hace; es uno más de esos «advenedizos» carentes de autoridad, sin curriculum ni cátedra, que han dado siempre a nuestra cultura frescura y vigor. El verdadero filósofo es para él quien considera a los hombres tan importantes como los pensamientos, el que va por la vida sin una sola respuesta pero lleno de preguntas, renunciando a buscar adeptos, quien advierte que la ambición es la muerte del pensamiento y «no sabe nada. Pero eso lo sabe cada vez mejor» (CSR, 131). Saber que no se sabe nada es para Canetti el resultado de una docta ignorancia, porque el sabio es quien profundiza, mediante la acumulación de conocimientos, en la sima de su no saber, quien «se esfuerza por saber cada vez menos, y para eso tiene que aprender un montón» (SM, 36).

Fiel a su talante socrático, Canetti concibe sus aforismos y notas sueltas como una propuesta de diálogo, un impulso para las ideas de los demás, y no como imposición de las suyas propias. Es una propuesta llena de incertidumbre, semejante a la skepsis de los escépticos, que aconsejaba el análisis minucioso y atento de todas las cuestiones, pero ajena a cualquier relativismo o nihilismo, porque se trata de comprender, no de saberlo todo, y reunir lo que está hecho añicos: «Toda mi vida no es otra cosa que un desesperado intento de superar y suprimir la división del trabajo y de pensarlo todo por mi mismo con el fin de que en una cabeza se reúna todo y vuelva a ser una sola cosa» (PH, 47). Un intento titánico que tiene en Masa y poder su expresión más esforzada y que encontró en los cuadernos de notas su forma más ligera y despreocupada. La primera es el resultado de una práctica sacrificial de la escritura, la obra a la que se entrega casi toda una vida, en la que el hombre, el autor, contiene la respiración, se inmola y desaparece para mayor gloria de lo pensado y escrito. Los cuadernos, en cambio, recogen una escritura catártica y liberadora, en la que el autor comparece en primer plano y respira como un ser múltiple y plural: «Un hombre -y esta es su mayor suerte- es un ser plural, múltiple, y sólo puede vivir por cierto tiempo como si no lo fuese. En el momento en que se ve a sí mismo como esclavo de sus objetivos, no hay sino una cosa capaz de ayudarlo: ceder a la pluralidad de sus inclinaciones y anotar, sin elección previa, lo que le pase por la cabeza» (CP, 74).

Masa y poder, por un lado, y los diversos cuadernos de notas aparecidos hasta ahora, por otro, representan un doble ejercicio del pensamiento, muestran el doble rostro de Canetti como pensador libre. Los cuadernos dan cuenta de un pensamiento extenso, distendido, múltiple y errático, instantáneo, cercano al momento en el que se gestó, cuyo secreto está en deambular de acá para allá sin dirección preestablecida y en decir mucho con pocas palabras. Masa y poder, por el contrario, contiene un pensamiento intenso, obsesivo e inactual. Es una obra elaborada con paciencia infinita, sin prisa pero sin pausa, fiel al que, según Wittgenstein, debiera ser el saludo de los filósofos entre sí: ¡Date tiempo! En los cuadernos pensar es deambular, en Masa y poder pensar es andar en círculo. En el primer caso escribir es huir de todo sistema, en el segundo es sentir la tentación del sistema. Son, en suma, dos movimientos complementarios, uno excéntrico y otro concéntrico, en los que se pone en práctica un mismo deseo, el de pensar y escribir en libertad.

En Masa y poder Canetti realiza ese deseo de forma bien diferente a la de los cuadernos. Decidió ocupar toda su vida de adulto (desde 1925 hasta 1959) en este libro y durante más de veinte años no trabajó en otra cosa. Al cabo de cierto tiempo sus mejores amigos veían en aquel proyecto una locura estéril que no le llevaría a ningún sitio, salvo, tal vez, al manicomio. Pero él siguió adelante con su obstinación empujado por una fuerza cuyo origen nunca acertó aparentemente a explicarse: «¿Mereció la pena este esfuerzo? ¿No se me habrán escapado así muchas otras obras? ¿Cómo lo diré? Tenía que hacer lo que he hecho. Estuve bajo un imperativo que jamás comprenderé» (PH, 217). La ascesis casi inhumana que alumbró esta obra singular e inclasificable fue también un ejercicio de paradójica libertad, la libertad de Canetti para darse un destino y elegirse como el pensador que quería hacer comprensible su época. El imperativo de tal destino estaba claro, aunque Canetti no parezca comprenderlo o no quiera reconocerlo abiertamente por pudor: todo tenía que ser pensado de nuevo para poder pensar el siglo XX. Y ese todo giraba en torno a dos fenómenos principales, el de la masa y el del poder. Al día siguiente de enviar el manuscrito de Masa y poder a su editor en Hamburgo, anotó en sus cuadernos: «Ahora me digo que habré conseguido agarrar este siglo por el pescuezo» (PH, 217). Masa y poder es, en parte, el testimonio de Canetti sobre el tiempo que le tocó vivir, el dictamen de un testigo lúcido, severo y profundo, pero es también, visto en su conjunto, un relato crudo y terrible sobre la condición humana.

La singularidad y la rareza de Elias Canetti como pensador alcanzaron en esta obra su punto extremo. Sólo por comodidad solemos definir Masa y poder como un ensayo, simplificando la compleja trama de este texto extraordinario y esquivando el reto que su género literario nos plantea con insolencia. Por su estructura general Masa y poder parece un tratado, una obra erudita dividida en dos partes casi iguales en las que se pretende elaborar definiciones precisas y análisis detallados sobre sus dos conceptos fundamentales: la masa y el poder. Pero se trata tan sólo de una primera apariencia. Si atendemos a su estilo es una narración en la que su autor despliega una desbordante imaginación, una originalísima razón narrativa, simbólica y conceptual a un tiempo, que va adquiriendo la forma de relato o cuento interminable compuesto de otros más breves. En ese relato desfilan ante nosotros las más sorprendentes y terribles escenas: guerras, epidemias, suicidios, masacres y flagelaciones colectivas, cacerías, rituales primitivos, etc. Están presentes el sufrimiento, el odio, el miedo, la violencia y la locura como mecanismos fundamentales de la lucha por la supervivencia y, en primer plano, figura ésta, la supervivencia, como protagonista principal del gran teatro de la crueldad que resulta ser la existencia del ser humano. En virtud de todo ello, Masa y poder es un extenso poema trágico, un relato patético que traza, para asombro y espanto de nuestros ojos, el retrato más duro y sombrío de la condición humana. Tratado, relato interminable, poema trágico lleno de parábolas y alegorías, Masa y poder es, en última instancia, un testimonio en el que se mezclan la realidad y el mito, una narración en la que se entreveran los textos más diversos.

Pero Masa y poder no es una obra libre y singular solamente por su resistencia a ser encasillada en un género literario convencional. También lo es porque en ella Canetti rompe con la concepción del saber y de la ciencia como algo compartimentado y especializado. En su intento, antes mencionado, de superar y suprimir la división del trabajo y de pensarlo todo por sí mismo, acude a la etnología, la sociología, la psicopatología, la mitología, la fisiología, la zoología, la historia o al estudio de las religiones. Usa, a su manera, el método fenomenológico intentando «encontrar la antigua fuerza que coge su objeto y lo contempla por primera vez» (PH, 185) y compone una especie de ciencia nueva y sin nombre que es su síntesis personal de todos esos saberes. El texto de Masa y poder enhebra en su interior otros textos (mitos, relatos de viajeros, historias célebres o anecdóticas) y se sirve de los datos más diversos y exóticos para desarrollarse y apoyarse. Es un testimonio basado en otros testimonios, un mosaico al que nada humano le es ajeno: la caza entre los lele de Kasai, el botín de guerra entre los jívaros, las danzas de la lluvia de los indios pueblo, los siíes y su fiesta del muharram, los peregrinos del valle de Arafat, la salvación de Flavio Josefo, el trono creciente del emperador de Bizancio, Hitler, el caso del presidente Schreber, la paranoica crueldad del sultán de Delhi, la autodestrucción de los xosas, los reyes africanos, el director de orquesta, las emasculaciones religiosas de los skoptsy, las ideas de grandeza de los paralíticos, etc. Todo entró en ese libro.

Para darle forma a esta obra monumental, Canetti empezó, a la manera cartesiana, rodeándose de vacío, llenándose de dudas, negando la evidencia de cualquier verdad, dejándose llevar por la pasión insaciable del estudio como una especie de Adán que plantara el árbol de la ciencia para la humanidad futura. Hizo de los grandes pensadores anteriores sus enemigos y se apartó de cualquier camino ya trazado (ni siquiera citó, por ejemplo, a Marx o Freud). Sin embargo, fue más allá que Descartes en el ejercicio de la libertad. No colocó bajo sus pies la red de un método ni se impuso la observancia tranquilizadora de regla alguna. Al contrario, se guió por una máxima que, sin duda, escandalizaría y haría temblar a cualquier filósofo sensato: «El que quiera realmente encontrar algo nuevo debe evitar cualquier método de investigación (…) El proceso originario se distingue por una libertad y una indeterminación absolutas» (PH, 227-228). Libertad e indeterminación son para Canetti condiciones esenciales del pensamiento, porque a quien persigue la verdad, afirma, hasta la más honesta de las constricciones le resulta una tortura. Por ello, no buscó la verdad con pasos contados y premeditados, con la ansiedad paranoica de quien teme ante todo equivocarse y perderse, no quería espacio a su alrededor para andar más firme y seguro aferrado a un método, sino para saltar, para hacer del aprendizaje una aventura. El proceso de gestación de Masa y poder es también un ejemplo esclarecedor de cómo entiende su autor la relación entre pensamiento y libertad. Es una obra nacida de la tensión intelectual de un hombre que quiere saltar sus propias barreras. Para conseguirlo se adentra en un océano de lecturas diversas y dispersas, acumula datos extraídos de todas partes, lleva la pasión por el estudio a límites inconcebibles, vive el aprendizaje como sucesión de encuentros casuales que van configurando a saltos una verdad. Y la verdad que resulta de esos encuentros no es un objeto estático y muerto, como un trofeo de caza, sino algo dinámico, sutil e inagotable como el aire. La verdad, dice Canetti, es un mar de hierba que se mueve al viento; quiere que la sintamos como movimiento y que la respiremos como aire. El saber que se adquiere de este modo no es predecible y rectilíneo, sino que, a medida que crece, cambia de forma, es un saber tortuoso, laberíntico e imprevisible.

Para Canetti el pensamiento no es un proceso de acumulación de certezas, sino de sorpresas, porque comprender es, antes que juzgar, atestiguar. El pensador no es el colono que se apresura a poner vallas en la tierra desconocida, sino el aventurero que se adentra en ella, como en lo incierto, para contar después a los demás lo que ha visto: «Lo incierto debería ser el auténtico reino del pensar. En lo incierto es donde el espíritu debería plantear sus cuestiones; escudriñar en lo incierto, desesperar en lo incierto» (PH, 71). Quienes desean ante todo la certeza no buscan ser más sabios, sino más poderosos. Por eso es saludable desconfiar de aquellos que están diciendo siempre la verdad y hacen del saber un arma. Ese tipo de verdad, como afirma Rafael Sánchez Ferlosio, será siempre una sucia invención de mandarines. Para Canetti hay dos tipos de grandes espíritus, los abiertos y los cerrados, los que separan el saber del poder y los que establecen una alianza secreta entre ambos. Lichtenberg o los pensadores chinos, como Xuang-tse, son ejemplos del primer caso, mientras que Aristóteles o Hegel representan el segundo. Los primeros hacen del conocimiento la negación del dominio mientras que para los segundos el conocimiento no es sino otra forma, refinada y disfrazada, de dominación. La relación entre pensamiento y poder no es, por tanto, externa, sino interna, se da desde el primer momento en que las ideas se ponen en marcha y se configura al mismo tiempo que éstas se desarrollan.

Para excluir la presencia del poder en su pensamiento, Canetti recurre al ejercicio de su libertad y al respeto de la de los demás. Libertad, también, ante la tiranía de la actualidad. Frente a la figura del intelectual comprometido, del pensador público, en parte político, en parte periodista, que se pronuncia continuamente sobre el presente inmediato encaramado a todas las tribunas a su alcance, Canetti encarna otro modelo, el del pensador privado, y asume otra forma de compromiso y de responsabilidad. Es una responsabilidad lenta grave, ajena a la urgencia y a la presión del día a día. El prefiere dejar madurar los acontecimientos en su interior hasta tener la sensación de haberlos comprendido, decide reflexionar largamente antes de hablar, y aconseja pensar en silencio: «Piensa mucho. Lee mucho. Escribe mucho. Expresa tu parecer sobre todo, pero callando» (CSR, 92). Lentitud y gravedad frente a rapidez y frivolidad. La rapidez y frivolidad de esa clase de intelectual, hoy tan de moda, que, agobiado por el deseo de comprender el primero, de ser el más listo de la clase, y acuciado por la necesidad de pronunciarse sobre la más rabiosa actualidad, fabrica continuamente píldoras conceptuales, recetas de urgencia o manuales de supervivencia para despistados. La actitud de Canetti supone respeto para sí mismo pero también, y sobre todo, respeto para los demás. No pretende infundir ideas en la gente, sino que cada cual prescriba, sin sentirse constreñido, el tono de su pensamiento y de sus esperanzas. Quiere evitar que la búsqueda de la verdad se convierta en algo parecido a elaborar opiniones con fecha de caducidad o a sermonear desde un púlpito o un periódico. Su anhelo es ver y pensar de un modo libre y diferente, pero no por arrogancia, sino debido a «una indestructible pasión por el ser humano y una creciente fe en su inagotabilidad» (H, 27). Esa pasión le lleva a afirmar que cada hombre es el centro del mundo y que el mundo es valioso porque está lleno de todos y cada uno de estos centros. El valor del mundo depende para Canetti, en definitiva, de la integridad y de la lucidez del hombre, de su capacidad para decirse en cada momento lo que piensa y para enfrentarse a la cruda verdad cara a cara, de su coraje para descender a los infiernos y no abandonar, a pesar de ello, toda esperanza: «Decir lo más terrible de manera que ya no sea terrible, que haya esperanza porque ha sido dicho» (H, 72).

Canetti ha reflexionado acerca de las más diversas cuestiones, sobre todo en ese ejercicio máximo de libertad que representan sus cuadernos de notas, dando muestras de un saber enciclopédico adquirido a través de la dedicación casi febril a la lectura y de una curiosidad sin límites. Influido por el fuerte carácter de su madre, fue desde niño, como el Kien de su novela Auto de fe, un hombre-libro (Büchermensch). Pero esa curiosidad no se convierte en su caso en mera erudición vacía ajena a la vida, no es un conocimiento que surja del placer, sino del dolor de saber. Para Canetti el conocimiento no es en su origen una experiencia estética o contemplativa, sino patética, porque no hay saber sin padecer: «No debe convertirse en conocimiento nada que no lo haya atormentado a uno sin piedad» (H, 163). El valor del pensamiento consiste en hacer universal una experiencia singular, en fijar latidos, angustias y vértigos antes que verdades impersonales, porque el saber carece de valor si no conserva nada del instante y de la pasión de la que ha surgido. Es esta una posición rotundamente contraria a la de la tradición racionalista y especulativa occidental, que postula la aparente objetividad de una razón sin emoción, de un conocer exento de pasión. Canetti se acerca, así, a la afirmación de Unamuno según la cual el sentimiento no es un obstáculo para el conocimiento de la realidad, sino el punto de partida que lo hace posible. Ambos coinciden en reivindicar la raíz pasional de la conciencia en contra de su carácter supuestamente imparcial y objetivo. Pero ésta no es la única coincidencia entre ellos. Canetti conoció y admiró la obra y la personalidad del gran escritor vasco y sentía hacia él el afecto que emana de la complicidad: «Unamuno me gusta: tiene los mismos malos atributos que conozco por mí mismo, pero jamás se le ocurriría avergonzarse de ellos» (CSR, 23).

Algunos de esos «malos atributos» podemos deducirlos con cierta facilidad si comparamos sus personalidades: tozudez, desmesura, cultivo de la singularidad, ejercicio máximo de la libertad, preferir la verdad antes que la paz y, sobre todo, haber convertido a la muerte en la gran obsesión de su vida; Unamuno buscando su propia inmortalidad y Canetti, según sus propias palabras, deseando conseguirla para todos los hombres. Los dos han llevado su enemistad con la muerte hasta límites difíciles de superar, dando voz con insolencia y sinceridad extremas al deseo de inmortalidad, el más profundo y desgarrado de nuestros íntimos anhelos.

Al contrario que Unamuno, Canetti encontró la libertad para pensar en la soledad y el aislamiento, alejado de los círculos intelectuales y literarios, como un exiliado voluntario que cultiva y alimenta su marginalidad. Su obra es una sospecha permanente contra la suntuosidad y la grandilocuencia del pensamiento que se aleja de la inmediatez de la vida, una denuncia incansable del afán de juzgar y clasificar porque, dice, entre vivir algo y juzgarlo hay la misma diferencia que entre respirar y morder. Por eso admira la serena respiración de los pensadores chinos, que tanto espacio crean a su alrededor, y no soporta la avidez de un pensador omnívoro como Aristóteles, que todo lo quiere devorar y compartimentar.

Canetti establece frecuentes analogías entre nuestras acciones físicas e intelectuales, porque no concibe una distinción esencial entre cuerpo y razón. Al contrario, sugiere una estrecha relación entre ambos, como si la actividad de la razón fuese la continuación de la del cuerpo por otros medios. Así, pensar es, en determinados casos, agarrar, trocear, enjaular, asfixiar o morder (no olvidemos que en español «concepto» y «cautivo» tienen la misma raíz latina y que «comprender» es sinónimo de «encerrar»), mientras que, en otros, pensar es soltar, unir, liberar o respirar. Este último es el modo de higiene mental que él pretende practicar, el modelo de pensamiento más acorde con aquello que intentó ser durante toda su vida: «Alguien sin metas, sin criterios utilitaristas, sin intenciones, sin mutilaciones, libre en la medida en que un hombre pueda realmente serlo» (CSR, 61). Esa búsqueda de la libertad consiste en la negación del poder, que aparece siempre en forma de fines y objetivos, como mutilación de la vida. Canetti concibe la libertad como cesión de poder y renuncia a la supervivencia sobre los demás hombres, porque todo poderoso es, a fin de cuentas,

un superviviente, alguien que afirma su identidad negando la de los otros y usando la muerte como afirmación de sí mismo. Ser libre no es querer ser uno, único, sino muchos. Se trata de hacer sitio en nuestro interior, cada vez más sitio, para no ceder a la tentación de construir una identidad fundada en la muerte: «En las mejores épocas de mi vida pienso siempre que estoy haciendo sitio, haciendo más sitio en mí (…) y mientras pueda hacer esto merezco vivir» (PH, 13). La libertad para él es, ante todo, tensión, movimiento, ruptura de todo límite. Es afirmación de esa pluralidad sin nombre, nómada y siempre cambiante que constituye la naturaleza metamórfica del ser humano: «Uno quiere siempre marcharse, y cuando el lugar al que uno quiere ir no tiene nombre, cuando es indeterminado y no se ven en él las fronteras, lo llamamos libertad» (PH, 11).

La libertad y la crudeza del pensamiento de Elias Canetti es, para cuantos admiramos su obra, una extrema forma de piedad en un mundo impío, el modo honrado de vivir de un hombre que dijo su verdad sin tapujos hasta donde sabía, pero no para condenarnos sin paliativos o salvarnos a la fuerza, sino para denunciar y protestar contra lo que nos humilla y, al mismo tiempo, destacar y resaltar lo que nos dignifica y ensalza: «De entre los movimientos que agitan el espíritu del hombre no hay ninguno más hermoso ni más desesperado que el deseo de que le amen a uno por sí mismo» (PH, 64). Ese deseo fue, sin duda, el que impulsó e inspiró su escritura y ese mismo deseo es, tal vez, el que nos empuja en estas páginas a honrar su memoria, la memoria de uno de nuestros pensadores más libres e implacables y, por eso mismo, más necesarios y verdaderos.

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