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Los miles (de millones de millones) de ojos de Kuan Yin atravesaron no sólo su cuerpo físico, sino que sintió que también perforaban su existencia. La náusea lo invadió mientras su cuerpo era atravesado por la lluvia fotónica corpuscular de las ondas electromagnéticas expelidas desde el seno de la Madre de la Compasión, cuyo sentido de la piedad había sido un tanto trastrocado por el eón regente. Los ojos de la Madre lo perforaron como millones de avispas de luz enloquecidas por la forma biológica humana tradicional que invadía el espacio consagrado a la Madre y dominado por ella.

Las infinitas e infinitesimales avispas corpusculares de Kuan Yin violaron su existencia, a pesar de ser físicamente imperceptibles. Como obsesivos y hambrientos haces de luz que escrutaban entremedio de la oscuridad citoplasmática de sus tejidos vivos, buscando identificar al portador de tal construcción genómica, la mirada de los ojos de Kuan Yin produjo fuertes náuseas en su forma proterozoica de vida humana. Aun asumiendo que su propia existencia podría ser considerada un desecho, un output innecesario en la biocenosis de lo Casual (biocenosis que se resistía, con cada vez menos fuerzas, a ser reemplazado por las formas de vida chthulucénicas), el hecho de ser agujereado por haces luminosos lo inundó de una sensación de asco, de impotencia y de terror.

Cual plánula pelágica en el océano de la realidad tecno-orgánica, el proterozoico ejemplar de Homo sapiens tambaleó luego que el haz de luz explorara plus ultra membrana celular. Por segundos que parecieron eternos, una manifestación de lo monstruoso moró en él, monstruosidad que ya no era tal en el eón regente, puesto que lo alejado del orden natural no existía, sino que había sido dejado atrás como anormalidad para pasar a ser lo regular: era el eón de lo titánico y tentacular, del rizoma que abandonó las raicillas para volverse un intrincado laberinto de conexiones de lo orgánico e inorgánico. El eón se manifestaba como tentáculos de infinitas antenas nematocísticas que paralizaban y envenenaban la vasija mortal del Antropos, la palabra hecha carne a la imagen del dios del cielo.

Dios había muerto y no en términos nietzscheanos: los holobiomas gorgónicos habían despedazado y devorado las esperanzas de los vástagos de los eones anteriores, creando una especie de mundo sin dios donde Antropos vagaba a su suerte, aquélla donde Antropos no estaba en el pináculo de lo creado, sino donde era asfixiado por miríadas de horcas de la rizosfera cual alimañas que viven y mueren de forma indistinta e irrelevante, como insectos y gusanos bajo la húmeda y fétida oscuridad de un tronco podrido.

1 Comentario

  1. Exquisita sensación de abismo que nos invade a los últimos antropoides.
    La transmutación de seres analógicos a digitales será nuestra próxima frontera, espero que aún podamos llevar dolor.

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