Un libro clásico sobre Diplomacia es «Diplomacy» por Harold Nicolson. Un personaje interesante por donde se lo mire, acusado por ser incapaz de escribir una palabra aburrida, fascinó a sus contemporáneos por su talento y su vida personal, a continuación una de mis citas preferidas del libro:

«La impasividad que caracteriza al diplomático ideal puede llevar a que sea muy poco apreciado por sus amigos. En efecto, la manera como suspende el juicio, su tolerancia esceptica, su distancia desapasionada, todo lo cual denota al diplomático entrenado, se toma a menudo por observadores externos para sugerir que es vano, flojo, estupido o está muy muy enfermo». Harold Nicolson

Otro aspecto fascinante, fue su matrimonio, él y su esposa era ambos bisexuales, con un matrimonio que ahora sería llamado poliamoroso. Ambos escritores renombrados y vinculados al grupo de Bloomsbury.

Sackville-West: mujer sobre mujer

Por MANUEL HIDALGO para El Mundo

De izquierda a derecha, Harold Nicolson (el marido), Vita Sackville-West (la esposa), Rosamund Grosvenor (amante de Vita)

La vida y la personalidad de Vita Sackville-West (1892-1962) fueron extraordinarias, y estamos de enhorabuena, aunque sólo en parte, porque disponemos de varios libros en castellano para conocerlas muy bien. No podemos decir lo mismo respecto a su obra, pues, lamentable e incomprensiblemente, ahora mismo, y tras la nueva edición por Alfaguara de Toda pasión apagada (1931), sólo podemos acceder con comodidad a su novela anterior, Los eduardianos (1930), que publicó Espasa, a su increíble libro de viajes Pasajera a Teherán (1926) y a un par de sus biografías.

Una de estas biografías es Juana de Arco (1936), editada por Siruela, pero no tenemos disponible The Eagle and the Dove (1943), su libro sobre Santa Teresa de Jesús y Santa Teresita de Lisieux.

La otra biografía es Pepita (1937), publicada por Tusquets, y nos permite entrar de lleno, a través de su abuela y de su madre, en la vida de la escritora, hija del tercer barón de Sackville-West, nacida en la aristocrática casa de campo familiar de Knole, en el condado de Kent, una mansión construida en el siglo XV con 365 habitaciones, 12 puertas, 52 escaleras y siete patios.

¿Pepita? Vita Sackville-West fue nieta de la bailarina gitana malagueña Josefa Durán (1830-1871), de origen muy humilde, conocida en media Europa como Pepita de Oliva y La Estrella de Andalucía. Pepita, que estaba casada, se lió en Berlín con el diplomático inglés Lionel Sackville-West, con quien llegó a tener siete hijos sin contraer matrimonio, uno de ellos la madre de Vita. ¿Confusión con el mismo apellido? No. Victoria, hija de Lionel y Pepita, se casó con su primo, Edward Sackville-West, sobrino de Lionel, y de esa unión nació Vita, que, sí, fue una Sackville-West por partida doble. En la todavía victoriana sociedad inglesa, el escándalo persiguió a Vita antes de nacer, por los amores adulterinos de sus abuelos, el origen extramatrimonial de su madre y la boda de ésta con su primo carnal.

Vita tuvo su primera relación lésbica a los 11 años, con Rosamund Grosvenor, una compañera de colegio, y su amor duró primordialmente hasta 1913, cuando la ya escritora (poetisa, de momento) se casó con quien llegaría a ser Sir Harold Nicolson, muy relevante diplomático, escritor y político inglés, a quien acompañó en sus destinos en Estambul y Teherán y con quien tuvo dos hijos, Nigel y Benedict.

Nigel Nicolson cuenta espléndidamente en Retrato de un matrimonio (Lumen) las características de las sólidas, amorosas, largas e inquebrantables relaciones de sus padres, pactadas abiertamente para dar espacio y tiempo a su bisexualidad. Su padre, Harold, fue amante durante años del escritor Raymond Mortimer, amigo de Vita, quien, a su vez, fue amante de numerosas mujeres, entre ellas, su cuñada, Gwen St. Aubin, Hilda Matheson, alta directiva de la BBC, y Mary Garman, esposa del poeta e hispanista Roy Campbell y madre de sus dos hijos.

Pero Nigel, que reproduce en su libro numerosas páginas de un diario inédito de Vita, aborda principalmente los dos grandes amores de su madre: las escritoras Violet Trefusis y Virginia Woolf. A la segunda Nigel le dedicó una biografía aparte, que está editada por Mondadori. 

La relevancia literaria de Virginia Woolf ha dado mayor publicidad a su relación con Vita, pero la pasión entre Violet y Vita fue más larga, intensa y compleja, como puede comprobarse en el libro de Trefusis Cartas de amor a Vita, que publicó Grijalbo.

Vita, colateral al grupo de Bloomsbury, conoció a Virginia a fines de 1922. Vita, una mujer alta y robusta, de largas piernas blancas y nariz prominente, no gustó en principio a Virginia, pero luego iniciaron una relación sexual, que se prolongó en amistosa hasta el suicidio en 1941 de la autora de Las olas (1931).

Vita publicó en Hogarth Press, la editorial de Virginia y de su marido Leonard Woolf, e inspiró decisivamente, al igual que su casa de Knole, el personaje central de Orlando (1928), quien pasa de ser hombre a ser mujer a lo largo de cinco siglos de vida. Vita se consideraba a sí misma, en lo físico y en lo psicológico, un ser andrógino.

Vita y Violet Trefusis, que era hija de una amante notoria del rey Eduardo VII, se conocieron siendo niñas y su relación se intensificó a partir de 1918, cuando Violet todavía no se había casado con Denys Trefusis. Su relación, con idas y venidas, altos y bajos y escapadas a Francia, fue más pasional, tumultuosa y duradera que la de Vita y Virginia, y llegó a inquietar a sus respectivos maridos. Todavía en los años 40 continuaban escribiéndose. Violet, que enviudó en 1929, novelista reconocida, murió en 1972, 10 años después de Vita, quien, a su vez, murió seis años antes que su marido.

En el interesantísimo y muy informativo prólogo a Los eduardianos, novela que retrata magníficamente el reinado de Eduardo VII, su traductor, el novelista y memorialista Jesús Pardo, rastrea en las vidas de Vita, Virginia y Violet y señala los parecidos de las tres mujeres con algunos personajes del libro. En Orlando también asoma la figura de Violet.

Poetisa, novelista, biógrafa y ensayista, a Vita Sackville-West le gustaba ser apreciada por su condición de jardinera, actividad que reflejó durante años en una columna semanal en The Observer. Y es que Vita y Harold, su marido, adquirieron en 1930 el abandonado castillo de Sissinghurst, en el que murieron ambos. Lo restauraron como residencia y construyeron en él un hermosísimo jardín, que puede visitarse, como la casa de Knole, actualmente, y que es uno de los mejores de Inglaterra.

Toda pasión apagada cuenta, con brillantísima perspicacia psicológica, la peripecia de libertad de una fantástica anciana que acaba de quedar viuda de un destacado hombre de Estado y que, frente a sus seis muy maduros hijos, opta por abordar un camino muy personal, eligiendo las compañías de su predilección, que no son, ni de lejos, las que sus vástagos esperan.

Harold Nicolson es descrito por su biógrafo Norman Rose como un afortunado que nació con una docena de cucharas de plata en la boca, brillante, encantador y talentoso, sin embargo Harold se consideraba un fracasado.

Un entrañable fracasado por Philip Ziegler para The Spectator

Estoy empezando a ver que el cerebro cuenta poco pero que el carácter cuenta para todo «, escribió Harold Nicolson, en uno de esos destellos de autopercepción que de vez en cuando iluminaban su vida. «No es un pensamiento agradable ya que mi carácter es débil y fácilmente influenciable». Tenía solo 17 años cuando articuló esa pieza particular de autodesprecio; él habría dicho exactamente lo mismo 60 años después y habría tenido razón en ambas ocasiones. Su capacidad para diagnosticar sus debilidades, junto con una incapacidad total para hacer cualquier cosa para rectificarlas, fue una de sus características más entrañables; También explicaba por qué sus diversas carreras, en términos de lo que sus talentos le permitían esperar, eran fracasos.

Su coqueteo con Oswald Mosley ilustró tanto su benevolencia fundamental como su capacidad de fatuidad. Al igual que muchos otros, admiraba la energía y la confianza en sí mismo de Mosley y se unió al Nuevo Partido en la creencia de que le ofrecía a Gran Bretaña una oportunidad de regeneración que no era de esperar de ninguno de los partidos cansados ​​y tradicionales del pasado. Lamentaba la actitud de Mosley hacia los judíos, pero aún sentía una simpatía a escondidas por los sentimientos que lo subyacían: «Aunque odio el antisemitismo», admitió una vez: «No me gustan los judíos». Pero se alejo del lado violento de la política de Mosley, y pronto encontró vulgar y un poco ridículo el partido. Cuando Mosley pidió sugerencias para un uniforme adecuado para los miembros de su partido, Nicolson sugirió «pantalones y camisas de franela gris». Se retiró partido antes de que las cosas se pusieran demasiado calientes. Mosley no tenía juicio político, fue su veredicto final. Según, Harold: Él cree en el fascismo. Yo no. Lo odio «. Pero cuando Mosley fue encarcelado en mayo de 1940, Nicolson fue uno de los pocos políticos activos que arriesgó su carrera al ofrecer visitarlo en la cárcel. Afortunadamente, fue rechazado: a Mosley no le gustó el tono de las transmisiones patrióticas de Nicolson en la BBC y se negó a recibirlo.

La brillante y alarmantemente honesta descripción de Nigel Nicolson de la relación entre sus padres en Portrait of a Marriage ha dejado poco espacio para un biógrafo interesado en desenterrar material nuevo. Norman Rose no está dispuesto a emprender ninguna investigación de este tipo. Su análisis del vínculo que unía a Harold Nicolson y Vita Sackville-West es comprensivo, desapasionado y sin prejuicios. A pesar de la propensión de ambas partes a realizar escapadas amorosas con miembros de su propio sexo, uno no tiene dudas de que se amaron y apreciaron mutuamente y que cada uno le dio una enorme importancia a su unión.

Norman Rose es un distinguido historiador judío con estudios de Vansittart, Weizmann y Winston Churchill a su haber y un profundo conocimiento de la política internacional. Aunque el propio Nicolson hubiera pensado que estas calificaciones eran completamente apropiadas, Rose fue la persona equivocada para escribir esta biografía. Hace gran parte de la carrera en el Ministerio de Asuntos Exteriores de su tema y sus posteriores pronunciamientos sobre política exterior, pero aunque Nicolson escribió algunos memorandos convincentes y por un tiempo impresionó a los que tenían autoridad sobre él, su propensión a equivocarse, irritar a aquellos de cuya buena voluntad dependía, ignorar las realidades del poder y enérgicamente promover causas dignas pero irremediablemente inalcanzables, se aseguró de que nunca hubiera llegado a la cima o cerca de él. Lo que interesa de Nicolson es su escritura, sus amigos y su curioso estilo de vida, y en esto Rose es menos fuerte. Por lo general, analiza detenidamente la contribución no muy significativa de Nicolson a la formación de la política exterior durante la primera guerra mundial, pero no dice nada acerca de cómo fue trabajar pacíficamente en Whitehall mientrassus amigos y contemporáneos morían en el Frente Occidental. La biografía de Nicolson de Lees-Milne, aunque astuta y perspicaz, dejó espacio para un estudio más distante y considerado. Rose ha proporcionado una materia prima útil para un libro así, pero él mismo no ha llenado el vacío.

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