Por Javier Zarzalejos para Debats Año 2012, Número 117. Dedicado a: Las revueltas árabes.

Una de las dificultades de analizar el estado de la llamada «Primavera Árabe» es que ha constituido un caso de branding tan exitoso que la marca parece haber oscurecido el contenido hasta hacer muy difícil penetrar en la realidad que designa.

Sí podemos decir, sin embargo, que la primavera árabe ha dejado de atraer la atención. El relato que se construyó desde las calles de Túnez y desde la plaza del Tahrir se ha vuelto mucho menos lineal.

La primavera ha perdido su fuerza icónica.

No es fácil englobar, bajo una misma narración, las aspiraciones de los jóvenes blogueros egipcios con las brutalidades presenciadas en Libia; las aspiraciones genuinas de modernización de sectores urbanos y clases medias en Egipto, Túnez y Marruecos, con una guerra civil sobre alineamientos tribales en Libia, por mucho que sea el alivio que se pueda sentir por la desaparición de Gadafi.

De la misma manera, hay que acudir al realismo mas descarnado para explicar la pronta intervención de Europa y Estados Unidos como parte beligerante en una guerra civil, y que el argumento de intervención humanitaria no sea suficiente, en el caso de Siria, para superar las prevenciones de muy diversa índole a la hora de intervenir para derrocar a Assad.

Las imágenes de un estallido que entendimos de libertad se están amarilleando. Las nubla la decepción, el descontento, la incertidumbre.

Un importante diario español dedicaba un amplio análisis a este fenómeno bajo el título de “Desencanto árabe 2.0” (El País, 4 de marzo de 2012) y afirmaba que “la euforia de los primeros meses de 2011, cuando el mundo entero hablaba de las revoluciones de Facebook, ha ido dando paso a un realismo desencantado aunque aún combativo”.

La situación se ha vuelto más compleja y difícil de entender. Emergen fuerzas llamadas a tener un inquietante protagonismo en el futuro de muchos de estos países. Y, junto a esas fuerzas emergentes, se recomponen otras que se daban por derrotadas.

Las elecciones y los procesos constituyentes en marcha deberían plasmar el inicio de sistemas políticos pluralistas; deberían reflejar los consensos básicos fundacionales de los nuevos marcos políticos de estos países; y, finalmente, deberían reflejar los valores, derechos, libertades y garantías, con todas las imperfecciones que se quieran pero en términos que hagan reconocible una organización política tendencialmente democrática.

Lo cierto es que la propia expresión “primavera árabe” está envejeciendo mal. O simplemente ha envejecido.

Refleja el interés –y seguramente el error– de ensartar piezas diferentes en un mismo relato, incurriendo en el error de creer que cuando un acontecimiento ocurre después de otro es por causa de éste, y que dos acontecimientos sucesivos tienen que ser esencialmente iguales.

El denominador común de la convulsión política que ha experimentado el mundo árabe nos ha llevado a generalizaciones inexactas. Primero, porque las fuerzas en presencia eran distintas en cada caso; segundo, porque el marco institucional era también diferente; tercero, porque las estructuras sociales no difieren ampliamente; y, cuarto, porque los marcos de legtimidad política de los diversos regímenes eran también sustancialmente diferentes.

Este último punto me parece especialmente importante, por una razón bien sencilla: una revolución es esencialmente un cambio en el sistema de legitimación del poder.

El hecho de que las monarquías hayan sido las que han capeado el temporal con éxito y que sus medidas de represión no hayan suscitado la reacción que hemos visto en Libia, en Siria o en Túnez, nos da una pista importante sobre el peso de esa doble legitimidad histórica y carismática, en la que destaca un componente de autoridad religiosa fundamental. Sobre este tema seguramente habrá que volver.

La pregunta ahora sería: ¿dónde nos deja esto?, ¿en una nueva e irremisible decepción? Yo creo que no. Porque creo que procesos de transformación política y social tan complejos no deben ser objeto de impresiones o análisis bipolares que pasan de la euforia, a veces disparatada (recordemos los paralelismos entre los indignados de Sol y la plaza del Tahrir), a la depresión y el olvido.

Hay que recordar que este debate sobre la democracia en el mundo musulmán, las formas que ésta debe revestir en estas sociedades, y la contestación a los regímenes gobernantes se vienen produciendo desde hace algún tiempo.

Para desarrollar este punto me voy a apoyar en dos discursos que bien pueden calificarse de históricos.

Recordemos el importante discurso de Condoleezza Rice en El Cairo el 20 de junio de 2005 con dos afirmaciones muy significativas: la primera, el reconocimiento de que, durante sesenta años, los Estados Unidos habían optado por la estabilidad frente a la democracia en la zona y, al final, no habían conseguido ninguna de las dos; la segunda, cuando recordaba, frente a los que repiten que la democracia no se impone, la constatación elemental de que lo realmente se impone es la tiranía, y ése, y no el de la imposición de la democracia, es el verdadero problema.

Es interesante este discurso porque nos ayuda a poner en perspectiva los procesos que desembocan en la denominada primavera árabe.

Rice se refiere a las protestas de intelectuales y periodistas en Siria, a las protestas por el asesinato en Líbano de Rafiq Hariri y contra el control de Damasco. Habla de la reformas educativas introducidas en Jordania, los incipientes testimonios de contestación en las monarquías del Golfo por la situación de las mujeres, y logros como el reconocimiento del voto femenino en Kuwait, así como el clima de protesta en Irán.

La secretaria de Estado de EEUU afirmaba entonces enfáticamente: “Here in the Middle East, the long hopeful process of democratic change is now beginning to unfold”. Y añadía, ante su gran aliado en el mundo árabe, unas exigencias concluyentes de transparencia y avance hacia la democracia que hoy resultan ciertamente premonitorias:

Here in Cairo, President Mubarak’s decision to amend his country’s constitution and hold multiparty elections is encouraging. President Mubarak has unlocked the door for change.

But now, the Egyptian government must put its faith in its own people. We are all concerned for the future of Egypt’s reforms when peaceful supporters of democracy –men and women– are not free from violence. The day must come when the rule of law replaces emergency decrees –and when the independent judiciary replaces arbitrary justice.

The Egyptian government must fulfill the promise it has made to its people –and to the entire world– by giving its citizens the freedom to choose.

Egypt’s elections, including the Parliamentary elections, must meet objective standards that define every free election.

Opposition groups must be free to assemble, and participate, and speak to the media. Voting should occur without violence or intimidation.

And international election monitors and observers must have unrestricted access to do their jobs.

El 4 de junio de 2009, el presidente Obama, también en El Cairo, trataba el tema de la promoción de la democracia en términos menos ambiciosos que Rice.

Si la ex secretaria de Estado en 2005 contestaba a los que advertían frente a la imposición de la democracia, Obama volvía a recuperar ese tema, en su propuesta de “nuevo comienzo” con el islam que requería, a juicio del presidente, ofrecer algunas garantías: “So let me be clear: no system of government can or should be imposed upon one nation by any o t h e r ”.

Obama trataba en términos convencionales el habitual reproche al que Rice había respondido.

Una declaración que abría paso a una matizada visión de la posibilidades de democracia en el Oriente Medio.

El discurso de Obama se entendió como una oferta de modus vivendi entre Estados Unidos y el islam sobre la base de una aceptación de un paradigma multicultural, en el que no faltó la referencia canónica a la convivencia de las tres religiones bajo el islam en Cordóba.

Sorprende por ello que, mientras Rice, hablando en El Cairo en junio de 2005, ya planteara al régimen de Mubarak exigencias muy concluyentes de juego limpio, apertura y un proceso de democratización real, Obama no dijera una sola palabra al país líder en el mundo árabe que sólo año y medio después forzaba una rebelión de impacto mundial.

Llama la atención que, hace siete años, Rice se felicitara de las expresiones de protesta contra las autocracias, de la presión para obtener reformas y la contestación hacia determinados regímenes, mientras que Obama ignorara esa realidad a pocos meses de que se iniciara la ya famosa primavera. Esta actitud trae al recuerdo la más que medida posición de la Casa Blanca ante las protestas contra el régimen iraní.

Sorprende, en fin, que un discurso como el de Condoleezza Rice no solo haya sobrevivido bien el paso de los años, sino que haya rejuvenecido y pueda leerse ahora con una gran actualidad, mientras el discurso de Obama, que planteaba una nueva relación en abstracto entre América y el islam, basado en el paradigma multicultural, resulte tópico y superado por las circunstancias, que son mucho más dinámicas que esa pax musulmana que Obama quería inaugurar.

No se trata de formular críticas condicionadas políticamente, sino de subrayar las dificultades de definir un discurso coherente que comprenda los intereses estratégicos de estabilidad en la región, la promoción de la democracia, la defensa del pluralismo y el respeto a las singularidades culturales y a la diversa articulación política en estas sociedades, que, en más de una ocasión, ha visto cómo las elecciones, lejos de ser la vía de entrada a la democracia, se convertían en el vehículo de acceso al poder o de legitimación de autocracias tiránicas.

Somos muchos los que creemos que, a pesar de los muchos motivos para el escepticismo, la denominada “primavera árabe” expresa una tensión interna positiva en contra del autoritarismo y la corrupción. Una tensión interna en demanda de respeto a derechos elementales, que no tienen una versión islámica, sino que los reconocemos en las demandas de los manifestantes porque son de valor universal. Una tensión positiva que tiene mucho que ver con la incorporación de las nuevas tecnologías y la capacidad de una comunicación combativa contra las autocracias mediante las capacidades de las redes sociales.

Esto es lo que nos lleva a pensar que las cosas han cambiado, que hay paradigmas que será difícil de mantener para los que quieran recrearlos, y que serán difíciles de apoyar por los que sientan nostalgia por ellos.

Demócratas árabes temen la capacidad para acomodarse a convivir con nuevas autocracias si de esta situación salen regímenes articulados sobre mayorías sectarias permanentes, discursos xenófobos y elecciones falseadas por la coacción o la negación de la legitimidad al adversario político.

Creo que existe una verdadera épica en estos acontecimientos, que, como se ha señalado, significan cambios políticos revolucionarios por vías distintas al golpe de Estado, la intervención militar o la revolución religiosa.

No caben, sin embargo, los relatos idealizados. En el mundo árabe –Magreb y Oriente Me- dio– hay mucha frustración histórica.

Hay un desajuste, una profunda inadaptación, cuando no antagonismo, con la modernidad que la mundialización agrava. Una inadaptación consecuencia de la incapacidad para asumir plenamente un paradigma de racionalidad crítica en dialogo con la religión y también de la incapacidad para replantearse seriamente la ocupación de los espacios cívicos por una religión prescriptiva de conductas públicas.

Recientemente, el filósofo Jesús Mosterín (El País, 8 de abril de 2012) señalaba que “exceptuando las plutocracias hereditarias asentadas sobre el petróleo, la mayoría de los musulmanes vive en una miseria que tienen muchas causas: la explosión demográfica, la educación inútil de las madrazas reducida a aprender el Corán de memoria, la obsesión por ocultar y reprimir a las mujeres, el fatalismo, la corrupción desenfrenada e incluso la imposición de normas religiosas a las actividades financieras, como la que prohíbe el crédito con interés”. Y continuaba: “la mayor parte de las noticias sobre el islam de las últimas décadas se refieren a los continuos atentados terroristas. El odio a América, a Israel, a la India, a los extranjeros y turistas, al mundo moderno en general, combinado con la obsesión por ocultar y reprimir a las mujeres y con la intolerancia virulenta hacia las otras sectas, disidencias y presuntas apostasías del propio mundo musulmán, incluyendo a los sufíes y los chiíes, ha conducido a la glorificación del terrorista suicida y a una constante crispación y agresividad”.

Permítanme volver a los dos temas que enmarcan nuestra discusión al preguntarnos qué hacer.

Primero, los intereses estratégicos y su salvaguardia.

Compartimos el interés en que en el Magreb y Oriente Medio se mantenga el equilibrio entre potencias sin que ninguna llegue a ser hegemónica. También, en que se mantenga asimismo abierta la circulación de recursos energéticos; que puedan promover procesos de mediación y negociación en el conflicto israelo-palestino.

A lo anterior habría que añadir la prevención de la proliferación nuclear, la cooperación contra el terrorismo y el control de flujos migratorios.

Para Europa, estos objetivos estratégicos van más allá. Se trata de consolidar una relación de vecindad, seguridad y desarrollo económico y humano en torno al Mediterráneo entre Estados, tejido empresarial y sociedades civiles, utilizando la fuerza de la relación con la UE como anclaje.

¿En qué medida incide la situación en estos objetivos, en estos intereses estratégicos que legítimamente buscamos preservar?

Lo menos que podríamos decir es que estamos en transición hacia un nuevo modelo de estabilidad. Lo que ocurre es que no sabemos cuál va a ser este modelo.

Mubarak, guste o no, ha dejado un vacío como estabilizador de la región. No podemos olvidar que en su momento se alejó de la órbita soviética, firmó un histórico tratado de paz con Israel y ha ejercido un liderazgo activo en evitar la explosión de las tensiones más desestabilizadoras de la región. En el futuro, la expectativa de que Egipto continúe jugando ese papel estabilizador puede situarse en que las estructuras básicas se mantengan mediante el papel protagonista del Ejercito –lo que aseguraría la continuidad– o bien porque se consolida un sistema suficientemente pluralista basado en elecciones y en instituciones democráticas. Sin duda, esta debería ser la opción, más larga y costosa pero la deseable.

Hoy Egipto parece incapaz de controlar eficazmente el Sinaí, donde bandas armadas están creando una situación de hostigamiento a Israel que se manifiesta en los continuos ataques a las conducciones gasísticas que abastecen a los israelíes.

Un amplio territorio extraordinariamente sensible donde campean grupos paramilitares extremistas no es una buena credencial. Decisiones como la reapertura del canal de Suez a barcos de guerra iraníes o la cancelación del acuerdo de suministro energético con Israel no es un buen panorama.

En Libia, por su parte, se vive un fenómeno de limpieza étnica en una posguerra sangrienta. Un estado fallido, que contempla la posibilidad de su ruptura, no puede contener la dinámica divisiva de su estructura tribal, reforzada por las guerrillas armadas durante la guerra, que se han erigido en verdadero poder de hecho. El Consejo Nacional de Transición se encuentra dominado por el salafismo, dispuesto, eso sí, a consolidarse sobre la riqueza energética del país.

El panorama en Siria resulta desolador tanto por la ineficacia de la acción multilateral como el enorme coste en términos de vidas humanas que esta causando la represión del régimen de Assad y la respuesta inequívocamente terrorista de los radicales islamistas que atrapan las aspiraciones de apertura y evolución democrática.

En este conflicto civil, se solapan varios de los conflictos que se están librando en Oriente Medio y que la Primavera árabe ha destapado.

Un conflicto en el que está jugando una parte muy importante de la partida por la hegemonía en el mundo musulmán entre chiíes y sunníes.

Si dirigimos nuestra mirada hacia la península arábiga, podemos constatar la ofensiva de Al Qaeda en Yemen, y su pretensión de hacerse con el control del paso del mar Rojo, controlando Somalia y Yemen.

No se pueden hacer profecías sobre la evolución de estas transiciones, pero sí podemos asegurar su complejidad y la incertidumbre de su desenlace en la región más inflamable del mundo.

Porque son varios los procesos que conver- gen en esta gran olla en ebullición. Son varios los ejes de los conflictos que están manifestándose. Por un lado, se encuentran los sectores de la sociedad más dinámicos y abiertos, protagonistas icónicos de las revueltas, integrantes de clases medias que aspiran a una lectura tolerante del islam, una razonable secularización sin rupturas culturales con la religión, son sensibles a la corrupción y aspiran a instituciones representativas y elecciones libres. Estos sectores se oponen al islamismo aupado por su penetración social, su larga trayectoria de adoctrinamiento y el mensaje moralizador y rigorista que ofrece una alternativa a la corrupción y la decadencia.

Pero en un escenario más global, se está jugando una partida estratégica en la que, por primera vez, el chiísmo ve que puede vencer en su pretensión hegemónica sobre el islam sunní. Esta pugna se está librando de una manera abierta y cruda con dos antagonistas: Irán y Arabia Saudí. Es un enfrentamiento que se representa en tres pistas todas ellas de alto riesgo: el suministro petrolífero, Israel y la posesión del arma nuclear.

Finalmente, hay un tercer eje que nos puede parecer el más importante, pero que no lo es: se trata de la relación entre el mundo islámico y lo que genéricamente podemos llamar Occidente. Una relación que tiene múltiples componentes: estratégicos, culturales y económicos.

En cuanto al otro término que enmarca nuestra visión de la situación actual en Oriente Medio y el Magreb, hablamos, por supuesto, de la promoción de la democracia.

Por muchas que puedan ser las singularidades culturales, existe un núcleo básico de libertades, instituciones representativas y procedimientos abiertos de elección de representantes sin los cuales no puede hablarse de democracia, sea cual sea el adjetivo que se le quiera acompañar.

Este núcleo básico incluye, por supuesto, el mantenimiento de los procesos representativos y la posibilidad de alternativa como esencia del sistema. En este sentido, la pregunta que hay que hacerse no es si los islamistas ganarán el poder a través de unas elecciones –que lo han ganado– sino si están dispuestos a perderlo por el mismo procedimiento. Lo primero está claro. Lo segundo es más dudoso.

El futuro de un democracia reconocible en el mundo árabe, que sea el resultado visible de esta primavera, depende de cómo se despejen las cuestiones que en Oriente Medio, y en cualquier otra sociedad, determinan el éxito de los procesos de transición.

Se necesita una base sociológica representada por un segmento significativo de clases medias, un entorno de libertad de pensamiento y expresión y la consolidación de un espacio cívico en el que la política pueda desarrollarse de manera autónoma frente a pretensiones totalizadoras, ya sea de una religión o de una ideología.

Yo creo que, por primera vez, es posible detectar en mayor o menor dosis estos factores en los movimientos que se están desarrollando en el mundo árabe. Posiblemente esto es así porque, como se ha dicho acertadamente, el muro del miedo se ha quebrado.

En el fondo, esta el acceso del mundo islámico a la modernidad. No es totalmente cierto que este mundo ha estado al margen de ella. Lo que ocurre es que, cuando se ha conectado a la modernidad, lo ha hecho a lo peor que esa modernidad política ha ofrecido, como muestran los regímenes de partido único, el nacionalismo, el autoritarismo. El hecho de que estos fenómenos fueran acompañados de procesos de secularización no contribuyó a que esta arraigara y definiera un espacio propio para la política al margen de la religión, sino que la propia secularización entrara en el mismo paquete de lo que las poblaciones musulmanas han terminado por rechazar.

La mayoría de los análisis que se hacen del islamismo, cuyo papel destacado es indiscutible, tienden a tranquilizar a las opiniones públicas de los países occidentales.

No todos los islamismos –se dice– son iguales. También se alega que no es exacto asociar al islamismo con una práctica violenta. Por otra parte, los islamistas saben que el reto de ofrecer avances en el bienestar de sus poblaciones es acuciante, y son conscientes de la dependencia económica respecto de Occidente. Recuerdan que si el islamismo ha conseguido ese apoyo popular es por su acción social, que sustituye a lo que tendría que ser responsabilidad del estado en educación y asistencia sanitaria.

Y como argumento de mayor peso se valora que el islamismo puede resultar el intérprete indispensable para el mundo islámico de un modelo que le resulta culturalmente ajeno y que, por tanto, es preciso inculturizar.

El modelo turco ofrece una pauta interpretativa que viene a avalar los análisis de los que consideran que es perfectamente posible una evolución del islamismo moderado como el que se dio con la democracia cristiana en los países europeos.

No me atrevería a rechazar esta interpretación, aunque creo que ignora algunos factores endógenos del islamismo y de su lectura del islam que hacen semejante proceso de adaptación especialmente dudoso.

Creo, sí, que el islamismo pone de manifiesto el factor comunitario y jerárquico que articulan las sociedades islámicas, y, por otro lado, el papel que la religión juega, hasta qué punto delimita el terreno de juego y la competencia política plural, como estamos viendo con los debates constituyentes en aspectos como la adopción de la sharí’a, el derecho de familia, y la posición de la mujer.

Creo que el islamismo puede llegar a compromisos pragmáticos para facilitar el ejercicio del poder que ya ostenta. Que se instaurase en el islamismo la convicción de que son precisos compromisos, ya sería un gran avance. Sería un avance aun mayor la exigencia de que esos compromiso plurales se mantuvieran después de alcanzado el poder, y que el islamismo asumiera la alternancia y, por tanto, que asumiera el consentimiento de los ciudadanos libremente expresado como la fuente de legitimidad de su poder.

Antes he manifestado, y repito ahora, que una revolución es esencialmente un cambio en la legitimación del poder. Si este cambio se produce, pero en la dirección equivocada, el dogmatismo religioso se convierte en la coartada del totalitarismo y de la exclusión del adversario, al que se le niega la legitimidad para competir.

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Europa y Estados Unidos tienen ante sí una compleja agenda. Me parece un inicio positivo que esos movimientos se hayan producido sin que pueda alegarse intervención o agitación externa, que las sociedades islámicas afronten si el habitual recurso al enemigo externo sus propios desgarros.

Pero es sólo el comienzo de una agenda compleja de apoyo respetuoso a los procesos de cambio real.

Debemos trabajar en dos vías, y tengo que decir que las condiciones económicas y políticas que atravesamos no son fáciles. La primera, apoyando marcos constitucionales que permitan una competencia política efectiva y reflejen los mínimos democráticos que dan sentido a la primavera árabe.

No se trata de excluir a los islamistas –lo de moderados o no es una forma discutible de etiquetado– sino de evitar que los islamistas excluyan a los demás.

Tendremos probablemente que convivir con gobiernos islamistas, pero ellos también tienen que aceptar que tendrán que convivir con nosotros. Esta exigencia requiere no contemporizar con la corrupción, ni con las violaciones de derechos humanos, ni, en definitiva, dar la impresión de que somos capaces de convivir con nuevos autoritarismos.

En segundo termino, debemos ser conscientes de que existe una demanda de oportunidades y desarrollo económico que debemos ayudar a satisfacer. Sé que en las actuales circunstancias puede parecer utópico, pero o nos creemos de verdad que estamos ante un proceso histórico crucial o no nos lo creemos. La Unión Europea tiene que hacer mucho más dando contenido a su política de vecindad y a la coordinación de sus posiciones. Ese imperativo debería extenderse al ámbito de la sociedad civil y a un esfuerzo por alumbrar iniciativas de acercamiento que refuercen la colaboración con fuerzas políticas y sociales comprometidas con el cambio.

Ahora bien, nada de esto será factible si no se consigue un marco de estabilidad aceptado por todos los actores. Debemos ser creíbles en el trazado de nuestras líneas rojas: la garantía de Israel, y la prevención o desactivación de la amenaza de proliferación, una salida satisfactoria a la crisis Siria, y la prevención de que Al Qaeda pueda acceder a posiciones de dominio estratégico.

Se trataría, en suma, de garantizar, mediante el compromiso mutuo, un entorno de seguridad en el que los conflictos que se están manifestando no ahoguen el proceso central de modernización de las sociedades árabes y de desarrollo de sus poblaciones.

Por Javier Zarzalejos para Debats Año 2012, Número 117. Dedicado a: Las revueltas árabes.

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